La amenaza militar en la democracia estadounidense

El uso de militares para reprimir la disidencia doméstica, en “espacios de batallas”, es un pecado mortal que va en contra de todos los principios establecidos por Jefferson, Hamilton y los grandes arquitectos de la Revolución Americana

Donald Trump y su Biblia, tras desalojar violentamente a manifestantes frente a la Casa Blanca. FOTO: NS

La democracia americana tiembla. Sus instituciones fundamentales están siendo puestas a prueba.

El presidente Donald Trump, en un ejemplo más de un estilo dictatorial, amenazó con invocar la Ley de Insurrección de 1807 para combatir a manifestantes quienes, ejerciendo su derecho constitucional a protestar, han poblado las calles de Nueva York a Los Ángeles y de Mineápolis a Houston con carteles y banderas que denuncian el racismo.

La opción militar

Desde cualquier interpretación posible, el uso de militares para reprimir la disidencia doméstica, en “espacios de batallas”, es un pecado mortal que va en contra de todos los principios establecidos por Jefferson, Hamilton y los grandes arquitectos de la Revolución Americana.

Pero eso es exactamente lo que quiere hacer el señor presidente al introducir la opción militar y auto proclamarse, con la Biblia en la mano, en un símbolo de ley y orden.

Con su secretario de Defensa Mark Esper y el general Mark Milley, comandante de las Fuerzas Armadas, a su lado, con tropas de choque y gases lacrimógenos que removieron violentamente a manifestantes frente a la Casa Blanca y helicópteros con vuelos rasantes que buscaban intimidar, Trump proyecta una imagen que es coherente con su amenaza verbal de enviar a “miles y miles de soldados altamente armados, personal militar y oficiales policiales” a controlar las revueltas populares en las ciudades estadounidenses.

Un presidente que divide

Con un ´doublespeak´ malintencionado dirigido a su base política y que confunde a muchos ingenuos, habla de las manifestaciones como hordas organizadas por Antifa, anarquistas, criminales, y no como expresión de un pueblo dolido por las imágenes de un George Floyd agonizante. Y con aires de un Joe McCarthy de los tiempos de Guerra Fría amenaza con designar a algunas de estas organizaciones como elementos terroristas.

Para quienes tienen un poco de memoria histórica, saben que esa es una vieja táctica divisoria empleada por líderes totalitarios que buscan deslegitimizar a los movimientos populares asociándolos con rótulos extremistas. Es que estos líderes demandan total subordinación a su ideología. O se está con ellos, o se está en contra. En la voz de un Trump agitado se escuchan los ecos de Hitler, Stalin, Pinochet. Blanco o negro. No hay posibilidad de grises. No hay posibilidad de disidencia alguna.

Así, paso a paso, con la paulatina erosión de instituciones democráticas, con el continuo desconocimiento de tradiciones y prácticas democráticas, el experimento americano de más de 240 años se va aproximando a los confines de un territorio totalitario reminiscente de la distopía orwelliana.

El modelo de democracia liberal reemplazó la ideología medieval del poder divino del monarca absolutista. Como sugería Jean-Jacques Rousseau, se asentó en el principio de soberanía popular, con la premisa que el pueblo es quien le cede el poder al soberano a cambio que este le garantice seguridad y libertades.

El contrato social de la democracia americana está en peligro mortal.

El ´establishment´ critica

Es tan grave la situación institucional que líderes del ´establishment´ se han sentido en la obligación de romper el silencio. En un acto sin precedentes, los cuatro expresidentes aún con vida, Barak Obama, George W. Bush, Bill Clinton y Jimmy Carter, expresaron públicamente su preocupación por la salud de la república.

Aún más impactante fue la declaración del general (RE) James Mattis quien es considerado un héroe de las guerras de Afghanistán e Irak y quien fuera secretario de Defensa de la actual administración.

El general Mattis, un viejo veterano de muchas expediciones militares, no tuvo pelos en la lengua y, rememorando imágenes de las tropas americanas en el histórico desembarco en Normandía, acusó al presidente de deliberadamente dividir al país con una táctica similar a la de los nazis y, aún más grave, de querer utilizar a los militares para violar un derecho constitucional fundamental de los ciudadanos. Ese derecho inscripto a fuego en la Primer Enmienda a la Constitución Nacional que garantiza el derecho de opinión y el derecho a peticionar al gobierno. Sin subterfugios, el derecho a protestar.

Una crítica similar fue expresada por los generales John Allen, John Kelly, Martin Dempsey. Hasta el mismo secretario de Defensa Esper, en un momento de lucidez, se distanció de Trump afirmando que no se debían utilizar tropas a menos que fuera una situación de urgencia.

No hay que olvidar que estas son voces de líderes poderosísimos de la institución militar. Una institución en la que, aún cuando no se viste el uniforme, se mantiene una considerable influencia entre aquellos que comandan.

A esta altura de los acontecimientos, no es difícil concluir que el presidente, quien nunca tuvo una buena relación ni con los servicios de inteligencia ni con los militares, cruzó una línea y ha perdido la poca confianza que le quedaba con los hombres de armas.

Arma de doble filo: militares en la política

Escuchar a figuras centrales de la poderosísima institución militar quebrar una tradición e intervenir de manera manifiesta en política, al mejor estilo de las repúblicas bananeras, es abrir una Caja de Pandora y entrar en un terreno que no parece saludable para las instituciones democráticas.

Se suponía que este tema ya había quedado definido en la década de 1950 cuando el presidente Harry Truman relevó de su comando al muy desobediente general Douglas MacArthur. Con la remoción del muy popular general, héroe de la II Guerra Mundial y comandante militar de las fuerzas aliadas en la Guerra de Corea, se reafirmó el principio sagrado de que el poder civil prevalece sobre el militar.

Por otro lado, desde una perspectiva más optimista, que el general Mattis encabece lo que puede interpretarse como una casi rebelión, significa que en caso de una crisis interna Donald Trump no puede contar con la lealtad de la institución militar. Un tema especialmente significativo cuando en solo cinco meses se cuenten los votos de la elección presidencial. Tratar de mantenerse a la fuerza en la Casa Blanca, como algunos especulan que podría ocurrir si Trump utiliza algunas de sus artimañas anticonstitucionales, no sería tan viable. Los generales están enviando un mensaje bien claro.

De una manera u otra, con la amenaza de invocar a la Ley de Insurrección de 1807, con fuerzas de seguridad desalojando violentamente manifestaciones pacíficas frente a la Casa Blanca, con la Biblia de conquistador en alto, la democracia estadounidense de Donald Trump confronta una herida mortal.

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