Luego del discurso anual del Presidente Vladimir Vladimirovich Putin sobre el estado de la nación el 15 de enero, con el acento en las ayudas estatales a la familia y el fomento del poder legislativo, el gabinete en pleno renunció para facilitar cambios profundos. Así potenció más al Parlamento y al nuevo gobierno.

Después de 2024

Putin busca prolongar su permanencia en el liderazgo, luego de 2024, cuando termina su último mandato permitido por la ley, dejando bien atados los hilos del poder.

Con un nuevo Presidente en 2024 Putin podría ejercer de árbitro supremo, por encima de la arena política nacional y con una posición a su medida, a semejanza de Nursultan Nazarbayev, en Kazajistán. Este se retiró del poder en 2019, convertido en padre de la nación y depositando la presidencia a un líder de su confianza. O como Deng Xiaoping en sus últimos años. Se alejó formalmente del gobierno, pero con más autoridad y flexibilidad para controlar la política y la economía chinas. El verdadero poder tras el trono.

Después de 2024 Putin podría mantenerse como jefe del Consejo de Estado —un cuerpo político reforzado por su planeada reforma constitucional— y del Consejo de Seguridad, u otra variante que le asegure el control del poder.

Tras estas cruciales decisiones está el rol de Rusia en la geopolítica mundial. Putin ha rescatado del naufragio de la era Yeltsin la posición de Rusia en el mundo como potencia atómica. Ha recurrido a dos columnas vertebrales nacionales: los idiomas eslavos y la religión cristiana ortodoxa.

Ello ha justificado intervenciones en el espacio eslavo – Bielorrusia, Ucrania, Kazajistán con mayoría rusa – y en países eslavos como Serbia. O con presencia significativa de población y cultura rusas como es el caso de la península de Crimea y el oriente de Ucrania, donde se han proclamado las repúblicas separatistas prorrusas de Lugansk y Donetsk.

También en la República del Transdniéster, entre Moldavia y Rusia. Hay influencia rusa en los países bálticos y las repúblicas asiacentrales de Tayikistán, Kirguisia, Turkmenistán. Asímismo en los pueblos del Cáucaso como Daguestán, Sudetia, Chechenia, Ingushetia, Balkaria, Circasia, etc.

El proyecto de Rusia bicéfala

El proyecto de una Rusia bicéfala, como el águila imperial zarista, afianzaría su posición en Europa y Asia, donde resalta la decisión rusa de apoyar al presidente Bashar al-Ásad en Siria, que luego de ganar la guerra ha convertido a Putin en el árbitro regional.

Como potencia euroasiática, el país más grande del mundo ha buscado la cooperación con aliados “duros” como Irán, China, Corea del Norte, y con “suaves” como Turquía, tratando incluso de potenciar relaciones comerciales con Arabia Saudita, al que le proyecta vender el eficaz sistema de defensa antiaéreo ruso S-400.

El sudeste asiático aliado abarca Viet Nam, Laos y Camboya, amén del coqueteo con Filipinas.

China, aliado coyuntural ruso, es neutralizada por las excelentes relaciones con India.
En Latinoamérica, Venezuela interesa a Rusia por sus recursos naturales y las astronómicas deudas por cobrar. Cuba seguirá siendo subsidiada y Nicaragua es una incógnita.

El arte de la guerra y la política en Rusia, un coloso con pies de barro, ha sido llevado a su clímax por Putin, para quien si la hegemonía mundial no es alcanzable ha conseguido una superioridad relativa haciendo hábil uso de sus posibilidades.

David Hernández es novelista y PhD por la Universidad Libre de Berlin, Alemania, escribe desde El Salvador.

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