Retorno al paraíso perdido: en Córdoba

Retorno al paraíso perdido: en córdoba
El Pasaje Santa Catalina en donde estaba ubicado el D-2 y actual Museo a la Memoria. Foto: Infojus.

Camino por la calle Rivera Indarte entre el bullicio de la gente y totalmente distraído porque estoy enfrascado en una charla con Jonathan, mi hijo estadounidense, y con Sandra, mi hermana brasileña a la que reencuentro después de más de una década de silencios. Y de pronto, allí, casi tropezando con la 27 de abril, entre palos borrachos que se abrazan, los gorriones con su vuelo rasante, la música de un vendedor de sueños, allí, en ese espacio y tiempo exacto, me doy cuenta que estamos frente a El Ruedo. Una confitería en el corazón de Córdoba cuya relevancia es crucial en la historia de mi vida.

D-2

Este es el lugar en el que oficiales de inteligencia me detienen. Un documento marcado “estrictamente confidencial y secreto” y firmado por el subcomisario Jorge Ramón Martínez, dice: “el 5 de septiembre… a las 09,30 horas personal del Departamento de Informaciones Policiales, efectuó un procedimiento en el Bar “EL RUEDO”, ubicado en calle 27 de abril esquina Obispo Trejo, deteniendo a tres personas que resultaron sospechosas…”

Yo era uno de los “sospechosos” que estaban tomando un café en la confitería, esa mañana de fines del invierno cordobés, cuando los oficiales vestidos de civil irrumpieron en el lugar y nos arrestaron. Y ahí, con mis veintiún años, comienza la odisea que me llevaría al corazón del terrorismo de estado argentino de la década de 1970 en una larga lista de centros clandestinos de detención y prisiones políticas. Primero, en ese tenebroso D2; después, en la cárcel política UP1; más tarde, en Sierra Chica, entre las montañas del sur de la provincia de Buenos Aires; y, finalmente, después de ser adoptado como prisionero de conciencia por Amnistía Internacional, en la UP9 de La Plata.

La gente camina en la peatonal con ese paso apresurado de destinos establecidos, nosotros giramos abobados, giramos, inspeccionando el lugar, buscando ese cielo que está escondido por el robusto follaje de los árboles que inundan el lugar. Allá, la placita en donde un imponente Gerónimo Luis de Cabrera de bronce anuncia que funda esta ciudad histórica de Reforma Universitaria y Cordobazos. Detrás, la Catedral Católica Apostólica Romana con su imponente cúpula savalguardando los valores del cristinanismo. Y a la izquierda, como un cuchillo que atraviesa las masas de cemento, con todas las palomas de la ciudad revoloteando alborotadas, con banderines interminables con los rostros de desaparecidos, ese callejón maldito de adoquines mudos.

Es el Pasaje Santa Catalina en donde el oficial Calixto “Chato” Flores me está esperando para arrancar mi humanidad y redefinirme como un Detenido Especial. Como dicen los documentos que décadas después se consiguieron en un allanamiento y que me entrega Gustavo Parodi de la sección de investigaciones del Museo de la Memoria que ahora funciona en donde antes estaba este centro de muerte que llamaban D2.

Cuando entramos todavía siento la radio a todo volumen, los gritos, la desesperación, las preguntas, los gritos, las súplicas, la incomprensión, los gritos, la corrida por los pasillos con alguien que me lleva del brazo, encapuchado, esposado, y tropiezo y me golpeo contra las paredes que no distingo. Y los gritos, los golpes. Es la Argentina, ¡Oíd mortales, el grito sagrado, libertad, libertad!, es la Argentina que abre el capítulo de secuestros, campos clandestinos de detención, tortura, desapariciones, es la Argentina occidental y cristiana con un orden marcado por las campanadas milenarias de la Catedral vecina. “…Puesto a disposición del Poder Ejecutivo de la Nación a pedido del Ministerio de Gobierno… mediante decreto 2525…”, dice el reporte.

Camino con mi hijo y exasperado, apresurado, atropellado, junto frases, imágenes, apunto con el dedo, voy, vuelvo. Necesito denunciar. Que entienda por qué, cuándo, quién, quiénes, cómo, dónde, que entienda esa semana interminable. Que internalice, que mastique. Aquí estuve y allá me llevaron y en estos escalones y esa pared. Paramos frente a una puerta verde descascarada. Y siento que le digo (¿es mi voz la que pronuncia este relato acusatorio?, ¿soy yo quién habla?), siento que le digo que esa era la celda de retención inicial en la que estábamos casi una docena de hombres anónimos, tan apretados entre el olor a orín y transpiración, que nadie se podía sentar. Era el limbo en el que todavía, inseguros, especulábamos en la obscuridad sobre lo que vendría. No sabía quiénes eran. Nuca supe su destino.

Y allí empezó ese miedo. Sí, exactamente allí es en donde se te empieza a meter ese miedo por la garganta, el pecho y se desliza por el estómago y te carcome los huesos y las uñas; se transforma en una sensación de vulnerabilidad, que nunca, nunca más se va. Que siglos después, en esta carabela que batalla los vientos contrarios del Pacífico, todavía me recorre y que inconscientemente transmito de generación en generación como un pecado original de un mapa genético establecido en una biblia del terror.

Ese era el cuarto gris a donde me llevaron a interrogar la primera vez, ¿o estaba en el otro lado?, ¿o más allá?, y en esa apertura había un colchón amarillo en donde estaba tirada una figura humana, inerte, y más acá, cerca, creo, no, no estoy seguro, pero creo, contra la pared, estaba la prisionera holandesa encapuchada y con la que, después de explorar cuidadosamente el lugar, iniciamos un susurro en inglés. Y, entre el dolor y los gritos de los otros cuartos, creo que compartimos una sonrisa, una sonrisa subversiva e invisible.

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Y recorremos pasillos y otros pasillos y parece tan distinto y Jonathan se para y me abraza mientras me corren las lágrimas. Pasan chicos uniformados de una escuela y nos miran y, seguramente, intuyen. Jonathan aprieta ese abrazo y mi hermana me abraza y no hay palabras. No es necesario explicar mucho. No es necesario ver las documentales que se proyectan, ni leer las placas, ni ver los rostros de esos cientos de fotos, ni preguntarles a los empleados. Todavía están los gritos, las campanadas, el futuro que nace. Y también, allá lejos, en Brasilia, una madre que llora y sube arrodillada 365 escalones de piedra de la Iglesia da Penha rezando por la libertad de su hijo al que se lo tragó la dictadura militar argentina. Y los ángeles de Leopoldo Marechal se agitan y protestan.

Noche de fiesta

Nos juntamos en el Sofra, un restaurante árabe en la Avenida Rafael Nuñez al 3900, en el pituco Cerro de las Rosas, y allí están exactamente 17 personas que han respondido a la convocatoria. La mayoría no se conoce, pero cada uno representa un momento de mi vida en Córdoba. Mi intención, que es más un deseo que otra cosa, es que individualmente se acerquen a Jonathan y le digan, le expliquen, la arquitectura humana de ese hombre al que llama Dad. ¿Quién fue antes del hoy, antes del ayer y el anteayer?

Nos abrazamos. Nos miramos, nos estudiamos dudosos para descifrar identidad. Está Arge que se sienta al final de la mesa, tan lejos como donde se ubica en esta cronología. Es la hermana de la dulce Mimucha, la del caserón blanco de dos pisos en la calle Sagrada Familia al que me llevaban cuando niño mientras mis padres se iban al trabajo. También está Roger, de mi adolescencia en el Liceo Militar General Paz a donde mi madre me hizo ingresar porque era hora de que el Choni se hiciera hombrecito. Le cuento que Jonathan ya lo conocía de una fotografía blanco y negro en la que aparece con Carlitos y yo marchando con nuestros flamantes uniformes y fusiles Máuser 1917, en la Jura a la Bandera, en La Falda, el 20 de junio de 1969. Una foto que nuestra ovejera alemana Ginger destruyó y que Jonathan, cuando niño, pacientemente pegó pedacito a pedacito, allá en una casa de Northridge en donde todavía no había empezado a organizar el rompecabezas de la vida de su padre. Y están los chicos del Ricardo Rojas: Elena, Gustavo L.B. y Gustavo L.R. que entusiasmados recuerdan ese tiempo tan despreocupado y feliz de nuestra juventud.

Levanto la copa de vino y los presento y les explico el motivo de la reunión y me centro en este hombre de barba que ronda los 70, vigoroso, apasionado, que está sentado a mi lado. Es el ex legislador Enrique ´Kike´ Asbert, amigo, compañero, que estuvo conmigo en los años de la muerte, en la UP1, cuando los soldados del general Luciano Benjamín Menéndez entraban a las celdas a golpearnos de día y de noche y de donde sacaron y fusilaron a 30 compañeros. Él estaba conmigo, en la misma celda, cuando una patrulla al mando del teniente coronel Osvaldo César Quiroga se lo lleva a Miguel Hugo Narvaja para nunca más volver.

Me emociono cuando lo presento a Pablo Balustra, me emociono y no puedo continuar. Siempre me pasa lo mismo con la memoria de su padre. Un hombre herido por los golpes de dos soldados enloquecidos y que tenemos que arrastrar, con Kike, hasta la celda en donde quedará hemipléjico hasta que, meses más tarde, también será fusilado. Me emociono y digo algo sobre Pablo, Pablo, Pablo, las tres generaciones del asesinado: el Pablo héroe, el hijo que lleva orgulloso su nombre y el pequeño nieto que es bandera del futuro. No puedo hablar, me atraganto, me hundo, me siento con esa duda, culpa, sensación inexplicable de ¿por qué nosotros y los otros no? Y pienso en esa canción de Silvio Rodríguez que habla de un país libre, una mujer clara, “y que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad”.

Reunión de los 17 amigos en un restaurante en la Avenida Rafael Nuñez de Córdoba. Foto: NF

Pero también están amigos que nacieron en mi nuevo mundo del exilio y la familia. Aparte de mi querida hermana Sandra Estela a la que reencuentro después de cinco mil doscientos veinte cuatro años de separación, de silencios, de guerras humanas, de armisticios; mi querida hermana que ha llegado de su Bahía de Guanabara para ayudarme a recrear un pasado del que es parte integral, testigo, relatora, narradora, que confirma, modifica, agrega, redefine, pedazos de mi memoria defectuosa, en este recorrido en que debo establecer la crónica oficial que mi hijo transmitirá a su hijo y ese hijo a otros hijos.

También están Adriana y Darío, primos de mi Cecilia, la de los ojos grandes y buenos; y está David, compañero de ella en la escuela secundaria en Villa María, y su esposa Ana María, gente de teatro, gente creativa, linda. Y allí sentada junto a Jonathan, que los miro y me pregunto que estarán hablando, Betty, que vive en Los Ángeles y parte del año aquí en Córdoba, con la que tenemos en común la prisión política, el exilio y quien, recientemente, perdió a su esposo, Francisco Romero, el “Pancho”, un histórico del folklore argentino. Y lo pienso a Pancho y Betty sentados en el patio de casa, en una noche del verano californiano, mientras Luis prepara un asado y nos habla de las virtudes de ese vino Estancia al que nos introdujo, y al que me mantengo fiel, y lo imagino en Cosquín ante el aplauso de miles cantándole a esa chinita del Puente Pexoa que tarareábamos en nuestra juventud.

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Visitas

Caminamos sonámbulos por la calle Democracia 163, que ahora es 1636. Y Daniela y el esposo, los nuevos dueños de la casa de mi infancia, gentilmente nos abren las puertas y dejan que con mi hermana reconstruyamos la palmera, la ventana, los doggies, el tero, la chimenea, los cuartos con parqué, las voces de mi madre, el caminar lento y triste de mi padre, el cuadrito de Margarita está linda la mar, la imagen del bigotudo Alfredo Palacios envuelto en su poncho guerrero. La Celeste, los Viale, los García, los Rodríguez ya no están. No hay nada ni nadie. Es un desierto con cruces y chicos que juegan.

Y la mami que se despide en la puerta y me dice que tenga cuidado, con mi hermanita de cinco años tomada de la mano, y nos vamos caminando en otra dirección. La del futuro incierto. Vamos como cigüeñas heridas hacia una fosa más profunda que ni siquiera Dante Alighieri ha imaginado. Vamos a visitar a un vecino que hizo un pacto con el diablo. Es a unas cuatro cuadras. En la calle Ilolay, más allá del noveno círculo. Una calle silenciosa, una casa sin vida. Es donde vivía un general con dos estrellas en sus hombros, estrellas no de honor sanmartiniano sino que estrellas de los que traicionan los ideales constitucionales de la patria y matan jovencitos, roban bebés, torturan. Es el general Menéndez, tal vez el más cruel entre los crueles en esa época de terror. La hiena, le decían. Mi hijo y mi hermana se acercan curiosos a la casa bautizada en misa negra con el 3269. Yo me alejo, la miro desde la vereda del frente. Es como si todavía, a pesar de que sé que está muerto, le tuviera miedo. Me llaman para que me acerque, pero me niego. Y mi hijo lentamente, como en rondas de humo y de hechizo, se va aproximando y entra en mi territorio emocional y me toma del brazo y me lleva, como llevan los ángeles, hasta el portón de entrada. Y me susurra que todo está bien. Me acaricia el rostro y dibuja flores y me dice cuánto quiere a su padre. Han pasado más de cuatro décadas y aún hay un sollozo de asfixia y me doy cuenta de cuánta bronca, cuánto volcán, todavía tengo adentro.

Las escuelas

Del Bajo Palermo de mi infancia pasamos por el Ricardo Rojas en donde hice el último año de la secundaria. Todavía está el edificio pero no se ve a nadie. Un castillo vacío, sin banderas, pienso. Y recuerdo a Alejandra, al Gordo, a Gustavo, a Elena, al otro Gustavo, a Cristina, a Carlitos. Más allá, retrocediendo una década, nos dejan entrar a la Academia Arguello justo cuando los niños bulliciosos están saliendo de la escuela. Ana Giraudo nos saca una foto debajo del algarrobo milenario en el que jugábamos con Lorenzo, Mónica, Patricia, Allan, Melissa, Eric. Caminamos por el patio repleto de chicos lindos, alegres. No parecen de la Argentina real, de tanta pobreza y desesperanza. Y nos vamos caminando por la Rafael Nuñez hasta los Cubanitos en donde ya no tienen la sopa inglesa que mi hermana imagina en la Sāo Francisco Xavier mientras las hordas salen del Maracaná para recordarle que nunca más volveremos a Bajo Palermo. Y volamos hasta el Liceo Militar, en el camino a Jesús María, donde un soldado con ojos de lobo nos toma los datos y entramos y caminamos por el patio bandera que está vacío, sin los ruidos de las marchas, banderas y gritos de cuerpo a tierra, tagarna, carrera march, venga, vaya, reclutón. Y cuando nos vamos les apunto hacia el parque interminable de meticulosos árboles y una simetría de bellezas naturales y les digo que ahí fue que caminé con Dora, en silencio, los doscientos metros más largos de mi vida, con angustia, dolorida, confuso, amenazadora, después que en ese año de desorden y libertad, en ese glorioso 1969 de Cordobazo e independencia, un coronel sentado detrás de un escritorio en una sala con cortinas que llegaban al cielo, me anunciaba, con la madre guerrera al lado, madre vigilante, pero madre resignada, que quedaba expulsado de la institución. Doscientos metros acusatorios que muestro a mi hijo y que le repito que cambiaron mi vida y su destino.

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UP1

Las instrucciones al taxista son que se encamine hacia el barrio San Martín. No aporto una dirección exacta. Y cuando nos vamos acercando proveo mayor exactitud de meridianos y paralelos que llevan a otro círculo del infierno. Porque, sí, ya no puede haber dudas, es un retorno a las profundidades del infierno. Un retorno con misión exorcizante. Un esfuerzo que he intentado con diversas estrategias, pero que siempre terminó en el fracaso.

UP1 en Barrio San Martín, Córdoba, Argentina. Foto: CT

Y llegamos al imponente monumento a la muerte. Es la Unidad Penitenciaria 1, mejor conocida como UP1, en donde entre marzo y diciembre de 1976 treinta presos políticos, con sus rostros todavía pegoteados en toda mi alma, treinta fantasmas, fueron asesinados por los soldados del general Menéndez.

Pero cuando me bajo del taxi, del cohete interplanetario que nos ha llevado a esta cuadra sin dios, amoral, veo, huelo, siento, horrorizado, que el gran monumento está siendo demolido, que las paredes están tajeadas, que hay piedras sobre piedras sobre piedras. Un oficial de la policía provincial me mira la gorra de Harvard, lo estudia a mi hijo y ya sabe toda nuestra historia. Nos pide disculpas, pero no podemos entrar.

Y ahí me quedo afuera, entre los escombros, con tantas ganas de llorar, de nuevo, de nuevo, y miro las placas frías con los nombres de muchachos que en ese 1976 cuando yo estaba en esa primera celda, de ese pabellón 6, esos muchachos con pulmones expansivos, hígados funcionales, ojos curiosos, manos sensoriales, hombres vivos, reales, inteligentes, fueron asesinados, uno por uno, por soldados de la Hiena. Hugo, Pablito, el viejo Díaz, René, Paco… Y como si fuera una rutina en un día común, pasa una bandada de ángeles que ni nos miran.

Una pareja de viejos con paso de bastón camina en la vereda del frente, pasa por la pared de ladrillos con cien “Nunca Más”, “A Dónde Vayan los Iremos a Buscar”, “Lucy te Amo”, “Asesinos”, y me dan ganas de pararlos y preguntarles si son del barrio, si sabían lo que pasaba aquí en 1976, si hicieron algo, si no se sienten culpables en algún rincón de la conciencia, si Argentina tiene redención.

La despedida

Nos sentamos en Mama Coya, en una esquina del Barrio Güemes, en donde la calle termina en la Cañada. Y canta una mujer, canta. Y con Jonathan hablamos de la memoria, de la justicia, del perdón. Y no sé cómo, pero se mezcla Martha Minow que nos dice algo así como que el Estado tiene la obligación de la justicia, del castigo, pero el individuo es el único que puede perdonar. Y canta la mujer, canta, y “…mama angustia en la puerta / llora y da de mamar / llora porque su hombre en la taberna / se está bebiendo el jornal…” Y brindo con mi querido Jonathan, brindo con mi querida Sandra, mama angustia, mama angustia, brindo con ese vino amargo, vino que recorre mi garganta que arde, brindo con  Cecilia que está caminando en la sala de Northridge y Damián que pensativo juega con Anabella y Dora que me mira triste y con voz cansada me pregunta si voy a ir a verla en Rio de Janeiro antes que se vista de blanco y Grandpa que sonríe detrás de la reja verde en esa casa de Parque Leloir y Hugo que está parado con la cabeza contra la pared y al que le digo si quiere cambiar sus zapatillas por mis zapatos porque mi calzado es de cuero y si te pisan duele menos, duelen menos, mi querido Hugo, pero sé que no importa, no importa porque duelen más esas balas que le atravesarán la cara en ese Chateau Carreras despoblado donde lo lleva Oscar César Quiroga, teniente coronel del ejército argentino, para, junto a Gustavo De Breuil e Higinio Toranzo, fusilarlo ese 12 de agosto invernal del año de nuestro señor Jesucristo mil novecientos setenta y seis, cuando en ese juego de brujas y destinos él tenía que morir para que nosotros pudiéramos vivir.

La dejamos a Sandra en su hotel y me vuelvo con Jonathan caminando en el fresco de la noche. Pasamos frente a la cara de Agustín Tosco y le cuento de una asamblea en la que hablé ante cientos de obreros de SMATA, cuando sólo tenía 21 años, nada menos que con Tosco y René Salamanca en el estrado en un sindicato de Luz y Fuerza lleno de humo y bronca. Y pasamos por la esquina de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales donde alguna vez estudiaba y donde se dieron mis primeros pasos en la militancia política contra la dictadura del general Alejandro Agustín Lanusse. Y como al comienzo, como siempre ocurre, nuestras brújulas de nuevo nos empujan hacia el Pasaje Catalina. Ya casi no hay gente en la calle. Córdoba duerme. Nos sentamos en un banco verde, de espaldas al estoico Gerónimo Luis de Cabrera, mirando la calle de adoquines en donde estuvo la D2. Y de nuevo pasan esos ángeles despreocupados. El silencio es casi completo.