La presencia de Piazzolla

La presencia de piazzolla
El argentino Astor Piazzolla, una de las grandes figuras del tango. Foto: Wikimedia Commons

MADRID – Es innegable que la situación económico-social durante la década de 1950 se modificaba poderosamente. Tras un “puertas adentro” vivido por la Argentina y el Uruguay durante la Segunda Guerra Mundial, el eje agroexportador e industrial se había inclinado hacia próximos y distantes países, tales como Brasil, Canadá y Australia. También, la creación cultural ligada a la fiesta mueve propuestas insoslayables en los llamados géneros tropicales. Del Norte del Ecuador bajan esos ritmos tropicales, a la vez que el jazz y el rock. Vuelven las discusiones sobre la relación de ambos países con el mundo. Si debían mirarse hacia dentro o hacia fuera.

El tango se actualiza

Asimismo el folklore desde las provincias argentinas gana la gran ciudad de Buenos Aires. Lo acunan la inmigración interior, como la de países limítrofes. Poco a poco las pistas tangueras se despueblan. Una marea con aire de frenesí y juventud rellena los claros dejados por el tango y gana nuevos espacios. Se baila suelto o enlazados por las manos y ofreciendo el cuerpo a la vista. Priman los movimientos independientes y la mirada, por encima del contacto. El tango del abrazo y la canción se arrincona en lugares recoletos para recordar glorias pasadas, reflexionar, enriquecerse, y también morir. Pendula el público entre la banalización populista y los denodados esfuerzos por estar al día con el aire internacional que circula por las calles. La llegada de otras músicas retan, o llaman a una actualización en el tango. En ese clima de desconciertos y búsquedas apasionadas, empieza a ser centro de gravedad Astor Piazzolla. No está solo, como se ha gustado muchas veces presentarlo. Tuvo importantes colegas que a finales de los años cuarenta, despuntaron como auténticos renovadores. Pero Piazzolla resulta el más atrevido… incluso temperamental, en el compromiso innovador.

En Francia

Con el dinero ganado en el premio estatal de composición clásica “Fabiàn Sevitzky”, por su obra sinfónica “Buenos Aires, en tres movimientos”, decidió viajar a Francia. Era el año 1954. El peronismo en Argentina empezaba a hacer aguas por diversos flancos. Piazzolla quería tomar otros aires y sobre todo, aprender técnica contrapuntística y dirección orquestal. Durante años había estudiado con Alberto Ginastera, una figura insustituible en la música argentina. En París buscó a Nadia Boulanger, la maestra por cuya pedagogía habían pasado Coplaand, Gerswin y otros grandes artistas contemporáneos.

Nadia respondió a las necesidades de Piazzolla con los mejores recursos de la música occidental. Entendió las carencias, los traspiés y las ansias de Piazzolla. O al menos así lo cuenta el protagonista que un día, por sugerencia de Nadia, llegó con el bandoneón y tocó el tango “Triunfal”, la música –diríamos- que antes hacía en Bs. As. “Vuelva al tango” le dijo su maestra. Así podría racionalizar el estudio realizado y rentabilizarlo. Hubo un verdadero “después” de aquella breve experiencia con Boulanger. Entretanto, en París había escuchado en directo bastante jazz y música clásica, grabado algunos discos y como telón de fondo sentido que su mundo se ensanchaba afirmándose en la confianza sobre la propia obra en ciernes.

Las “vibraciones”

Al año regresó a Bs. As. Seleccionó una lista de músicos jóvenes, aquellos que leían con soltura, a la vez que tenìan inventiva y expresividad. Formó su famoso Octeto. Actuaron con irregular fortuna y grabaron dos discos de larga duración con una serie antológica de tangos y algunos temas del propio Piazzolla. En el Octeto sonaban los típicos instrumentos del género más la guitarra eléctrica. Pero la gran novedad se manifiesta en las “vibraciones”, como diría un apresurado, que se daban en el escenario. Siempre resultan bienvenidas algunas improvisaciones que enciende el diálogo entre ejecutantes. Ya no alcanza con estar atento a las notaciones escritas en las partituras: importa el sonido en acto, la emoción de agregar vida en un acorde. Así los músicos se convierten en el eje de la circulación emocional de la pieza. Desde el escenario se transmitirá al público. El duende está ahí, se le puede intuir en los gestos de los músicos.

Piazzolla siente que la obediencia a la tradición es una fuerza que puede acabar siendo tramposa. Quiere romper con eso y sus primeras víctimas serán aquellos que se atan a una supuesta “pureza bailable”. El facilismo de las marcaciones defendidas por los tradicionalistas se vuelve blanco de sus diatribas. En el enfrentamiento pondrá ideas musicales, estudio y su propio cuerpo. Había que fracturar un ampuloso cascarón de tango autosatisfecho y repetitivo. Un tango bailado de manera lisa, como consigna guerrera que rechaza la improvisación ritualmente e incluso las búsquedas que hacían los muchachos milongueros… que con aire de sociedad secreta se reunían para investigar nuevas figuras, formas, originalidades en el baile. Al poco tiempo se integrarían algunas mujeres al grupo.

El músico de vanguardia no advirtió esa existencia, o no le interesó entonces. Recién la vio hacia finales de la década de 1950 cuando presentó en Estados Unidos un espectáculo musical y coreográfico junto a los bailarines J.C.Copes y María Nieves. Eran impulsos de invención renovadora que venían fraguándose desde la década anterior, tanto en el baile como entre los músicos que buscaban ampliar la riqueza rítmico-armónica del tango. Importante pléyade de artistas que, en la hora crepuscular de la década de oro, creó una cantera de la que aún el tango, y otros géneros, sigue alimentándose.

Música de Buenos Aires

Piazzolla, desde muy temprana juventud tenía el oído atento a la música clásica partiendo del barroco, hasta la contemporánea (Bach, Vivaldi, Bartock, Stravisnky, Ginastera). Con similar intensidad, tambièn al jazz y eventualmente al rock. A la vez, su “océano tanguero” era inmenso. Conocía formas y composiciones, climas, búsquedas, y probablemente límites. Dicho por él mismo, nunca se propuso hacer otra cosa que música de Buenos Aires. Aunque vivió en Nueva York y en París, donde tuvo extraordinarias inspiraciones, la musa más sentida fue Buenos Aires. Insistió sobre ella como sintiendo que allí se había producido un invento por el que podía fluir lo más hondo y estéticamente elaborado de sus ser. Allí estaba la gente de la ciudad, sus compositores, poetas, intérpretes con quienes polemizaba y revivía afectos incontrastables.

En verdad es hijo de las luces de la década del cuarenta. Sus intuiciones renovadoras empiezan entonces, en los esplendores que aventaba entonces la calle Corrientes. “Ibas a un café y por unos centavos escuchabas las mejores orquestas de tango del mundo”. Puede señalarse que, en todo su decurso, el tango de Buenos Aires está en Piazzolla. De su originalidad y abundancia ha creado una marca de continuidad que cual sustancia expansiva reaparece en importantes músicos contemporáneos y posteriores a él, a la vez que las astillas de imprevisibles temáticas tangueras, en atomizadas y caprichosas proporciones se reúnen en la nueva configuración propuesta. Una configuración de ostensible potencia genesíaca, romántica y rabiosa ante la que nadie puede quedar indiferente.

El concierto

En la abundancia de su creación puede haber temas de interés endeble, que no lleguen a cierta gente o la agobien. Pero los conciertos en directo instauraban una corriente a la que fue difícil sustraerse. Allí pasaba algo especial, quizás inédito. El creador había escrito la obra y sus arreglos. Todo el desarrollo de la interpretación tiene sus anotaciones expuestas. Se puede tocar tal cual está escrita. Sin embargo, sus músicos no estaban pendientes de la partitura pues la tenían sabida. O, tal vez, así mantenían cierto aire de improvisación. Importa lo que sucede en el momento, se desafían, se contestan, huyen del grupo en soliloquios y regresan expansivos, apenas audibles en otras ocasiones, nostálgicos de la tribu, celebratorios. Cada uno hace su parte con conciencia del conjunto, a veces con los ojos cerrados. Quizá, haya quienes no encontraron en sus brillantes carreras, mejores momentos de elevación interpretativa que tocando con Piazzolla.

El público mira y aplaude, sigue el ritmo con la cabeza, las manos o los pies. Vuela con la melodía, escala, agoniza. Se derrama en gratitudes tras los finales cuando reconoce que ha vivido un tiempo de transformación, obstinado, romántico y renovador.

El camino de ida

Para Piazzolla volver al tango tras su experiencia parisina no fue retornar a las modalidades de la década del 1940. Concibe otra forma radicalmente distinta: quiere, según declaraciones propias muchas veces insistida, hacer música para escuchar. No sabemos si le interesaron alguna vez los fenómenos danzantes. Lo cierto es que la ola del tango que incluía cantantes, músicos, bailarines, compositores, poetas… no exigía el dominio simultáneo de todas esas áreas. Músicos que no bailaban, compositores que no escribían ni leían el pentagrama, bailarines sin conocimientos de estructuras musicales pero validos por la práctica de escuchar incansables. Asimismo, la indiferencia de Piazzolla hacia las pistas de baile resultaba un tanto escandalosa…al punto que algunos se preguntaron si sería capaz de llenarlas.

Hay que considerar que estaba en un tiempo en que el entusiasmo que se metía en el cuerpo de los bailarines y los hacía bailar embriagados de vida, se había alejado de las pistas. No respondía a llamadas fáciles ni enfáticas. Rechazaba las trivializaciones. El tango es un hecho social con rasgos que reclaman cierta constancia. Cuando el paisaje y los climas anímicos varían, el duende se esfuma. Se siente su ausencia. De una manera u otra la gente lo registra, sufre o simplemente constata esa fatalidad. No está el duende, ya no viene, nada es lo mismo… ¿Qué debe hacerse para convocarlo? Piazzolla buscó ansioso, estudió y apostrofó, bromeó y tomó de diversas fuentes externas para fecundar la tradición de la que venía. Creo que al fin conseguimos percibir, con alborozo, que en el escenario, danzando entre teclas, cuerdas y arcos, anda otra vez el dios fugado. Hay un sonido suyo que identifica a Buenos Aires, con el aire de tiempos contemporáneos. No así sus opiniones sociales y políticas –oportunistas, coyunturales, desafortunadas- que en este momento vamos a soslayar.

A veces, ante centenares y miles de espectadores de diversas edades con predomino de jóvenes, sentimos que en algunas actuaciones retorna la conexión a imágenes de lejanas ceremonias. Como en ciertas circunstancias pasó con las animadas y fervorosas pistas de baile a lo largo del siglo XX. Retorna allí, al espacio escénico del quinteto o del noneto, en la dinámica de esos músicos cuyo vértice es Piazzolla. Lo sentimos por momentos y se nos caen todas las reservas. En tales casos lo pondríamos al lado de fundamentales creadores de melodías tangueras como Arolas, Bardi, Gardel, Troilo, Pugliese, Mores, etc.

La creación artística

Se nos dirá que sus presentaciones son, cuando mucho, la repetición de un gesto grandioso… pero sin la participación danzante del público. ¿No viven los músicos la exaltación de llegar a la nota, de hacer crecer la armonía en la que se está? La formación de Piazzolla va recreando el tema según el diseño de las partituras, con un aire de improvisación que le es esencial. Piazzolla ha recreado el movimiento continuo de la ciudad, sus agitaciones, con charcos de paz metidos a la fuerza. Su bandoneón sostiene en ambas manos un muro de inciertos materiales que se viene encima, se ladea, derrota estertores, gime, sueña. Entonces es estúpido distraerse haciendo cualquier cosa. Como ocioso resulta buscar sus claves en una biografía que intenta explicarlo, incluso con las biografías construidas con las propias palabras del músico. Hay que oírlo, entrar en los desafueros de sus sonoridades que inventan atmósferas anhelantes. Quizá la de conjeturales primaveras que vuelven.

¿Dioniso, el dios huido de las pistas del tango, sube a “vibrar” en el escenario? Es una conjetura… En todo caso, un duende cargado del stress contemporáneo, que atendió a sonidos diferentes a los que se escucharon durante el esplendor del barroco e incluso del romanticismo.

Hay relaciones ostensibles con la Naturaleza. Se evidencian ámbitos profundos de la condición humana en esa música. Sentimos que emociona a jóvenes, a generaciones posteriores a la suya que todavía defienden el derecho a emocionarse, con vehemencia en casos. A la vez, constatamos que aún condicionado por la modernidad masificada y mecánica, a los ojos siempre abiertos del Gran Hermano, Piazzolla expone un fuego interior que lo trasciende.