Cuadernos de la pandemia: Siempre algo alrededor del cuello

El linchamiento de George Floyd, asfixiado públicamente bajo la rodilla del policía blanco Dereck Chauvin (como cumpliendo un sangriento rito antiguo) es una ampliación moderna de los grilletes, cadenas y collares de hierro con los que se traía a los esclavos de África

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie se ha convertido en los últimos diez años en una de las voces jóvenes más prominentes en la lucha contra el racismo.

Su charla en TedTalk “The danger of a single story” (El peligro de una sola historia), uno de los recursos que utilizo en mis clases para hablar contra los prejuicios y el racismo, se ha convertido en una de las más vistas en la historia de este programa. Adichie ha publicado hasta el momento tres novelas y la colección de cuentos The Think Around Your Neck (Algo alrededor de tu cuello).

La autora emigró a los Estados Unidos a la edad de 19 años para hacer sus estudios universitarios y desde entonces vive entre este país y su natal Nigeria. Su obra permite al lector un vislumbre sobre la otredad y el racismo sistémico que enfrentan los africanos y descendientes de los africanos que fueron traídos como esclavos a los Estados Unidos hace 400 años. El título y la historia del cuento “Algo alrededor de tu cuello”, que da nombre también al libro, atrapa la atención sobre la que quizá sea la imagen que mejor condensa la tragedia de opresión, represión y aniquilamiento que ha vivido la población afro/americana en la nación que ha presumido, falsamente, de ser líder de la democracia en el mundo.

El linchamiento de George Floyd, asfixiado públicamente bajo la rodilla del policía blanco Dereck Chauvin (como cumpliendo un sangriento rito antiguo) es una ampliación moderna de los grilletes, cadenas y collares de hierro con los que se traía a los esclavos de África a este continente y que eran también usados como instrumentos de tortura, doblegación y escarmiento.

Desde la pretendida abolición de la esclavitud en 1883, estos instrumentos de opresión han seguido siendo usados de manera sistemática en los Estados Unidos en la forma de segregación, dominación y la reducción de esta entera comunidad a la condición eterna de sirvientes y subalternos del supremacismo blanco. El asesinato de George Floyd estaba supuesto a ser una estadística más en esta historia de horror y sufrimiento. Un dato de violencia y brutalidad policiaca más para sumarse a los nombres de Breonna Taylor, Ahmaud Arbery, Jamar Clark, Philando Castile, por solo citar asesinatos recientes de afro/americanos.

Sin embargo, convocados por tres meses de confinamiento, con los espíritus y los ánimos mejor dispuestos y menos contaminados por la urgencia consumista, la ira de la población se ha manifestado en un alzamiento nacional que lleva ya dos semanas y sigue creciendo con la promesa de convertirse en una ola mundial antiracista.

En el servicio en memoria de Floyd en una iglesia de Minneapolis, el Reverendo Al Sharpton, pastor bautista y uno de los activistas más visibles en la lucha por la justicia social y los derechos civiles, dijo a las autoridades y a la población blanca de este país, “La razón por la que nunca pudimos ser lo que quisimos o soñamos ser es porque dejaste tu rodilla en nuestro cuello”. Y añadió, dirigiéndose a la comunidad afro/americana: “Ya es hora de que nos levantemos en nombre de George y digamos ‘quiten la rodilla de nuestro cuello’”.

No se ha levantado solo la comunidad afroamericana. También los latinos, muchos latinos, y los asiáticos y los indígenas, y gente del Oriente Medio, que también padecen la discriminación, el oprobio y la represión, amplificados hasta la desgracia bajo la actual presidencia de los Estados Unidos.

En el cuento de Adichie, la protagonista (que evoca algunas referencias autobiográficas de la autora, como los demás cuentos de la colección), dice: “Por las noches algo se enroscaba en tu cuello. Algo que casi te asfixiaba antes de que te quedaras dormida”.  Es el horror histórico y presente del que no puede zafarse porque no terminan de quitarle las cadenas. Mientras escribo estas notas algunos cambios ya han empezado a vislumbrarse en algunas ciudades, con la decisión de los alcaldes y concejos locales de reducir o quitar el presupuesto a la policía (defund police) y crear nueva legislación. Y un número cada vez mayor de la población blanca se está sumando, como nunca antes en la historia de este país, al grito de “El silencio blanco es violencia”. Las consignas, los letreros, las marchas son un primer paso y son indispensables. Pero no son suficientes. Como apuntó Audre Lorde, “la revolución no es un evento único”. La revolución, el cambio sistémico, estructural por la justicia social es un evento diario, de todos los días. Es proclamarse en un estado permanente de protesta y de acción hasta que se produzcan los cambios que imaginamos y soñamos.

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