Los pedazos del día, dos poemas en prosa de Adriana Briff

I

Me desperté a las 4.30 am. La hora en que empieza a despedirse la vuelta al mundo. Los pájaros nocturnos cantan, avisan la llegada de la luz por el horizonte. Es una hora intermedia, entre el sueño y la vigilia. Un contorno difuso se prolonga desde el peso de las yemas de los dedos. Son pedazos de noche, fragmentos que navegan por lugares sin nombre. La confusión. Lo que no se dice. Los recuerdos.

Desde la rutina del encierro, las horas cambian su carácter de urgencia.

Hoy es viernes, fin de una semana aún de trabajo. Un blasón, un salvoconducto en este mundo parado y suspendido. Una inhalación. Un paréntesis de abrigo.

Los brazos, herramientas para alcanzar los signos. Blandas tenazas sosteniendo el descontrol del lienzo.

A esta hora la soledad parece menos sola. La luz va entrando por la ventana. Es otro tiempo el tiempo. De eso se trata.

Después del baño, un mate tibio, las calles desoladas. Un semáforo compitiendo con el sol. La ausencia del apuro.

Algunos dicen que todos los días son iguales. Otros extrañan la «normalidad». Las frases van quedado desarmadas por esta puesta en escena de barbijos y guantes de látex. La epidermis ha quedado cancelada.

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En el aire, una obstinación de colibrí descubre la fragancia. La ardilla camina hacia sus semillas. La blandura de un pan se mezcla con lo negro del café.

Los patos han conocido la confianza del silencio. Caminan fraternales. Ellos no ven la diferencia entre nuestros pasos y los suyos. Cuando el peligro se va, somos todos iguales.

Así se van juntando los pedazos del día, ahora que la tarde cae y la ventana del vecino sigue cerrada.

Anoche me sobresaltó el desmayo de las plantas. Vacié dos vasos de agua en esas raíces.

Aunque no llueva, no es artificial crear el riego. Nunca es artificial sostener la vida. Cada día no es igual a otro, cada día la vida crea nuevas maneras de sostenerse. Esa es la única repetición inevitable, el resto es totalmente prescindible.

II

Después de la charla, es noche. Vos afuera envuelta en una manta escuchas las estrellas. Yo te escribo, o te hablo. A veces es lo mismo. Te cuento esta urgencia de letras, este salir dejando rastros de polvo blanco en las manos. Como la pólvora, como los disparos en la mitad de la noche, como esos restos de él que quedaron en mi sangre, desparramados, aglutinados, el revés de la absorción. Se habla de despedidas y se concluye en olvido. Civilidad es saber poner puntos y apartes. Por eso la subterránea tarea de armar paréntesis, guardando la magia que fue, sin nostalgia, sin pena pero con precisión de cartógrafo, con conocimiento de lingüista, con ciencia de antropólogo. Las ruinas del amor marcan senderos y sólo la tinta de ese semen blanco y puro que ni siquiera él sabe que existe, queda en las arterias.

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Hoy escribo. Las palabras son negras pero la tinta es blanca y así miro el reloj de mis agujas, marcar un tiempo gris. No es tristeza, no es angustia, es calma. Me he transformado en un reloj de arena. Infinitas partículas de mí caen sin descanso y ese es el descenso que me habita. De la caída me construyo, del derrumbe  me alimento.

Puedo mirar la cama y ver cuatro piernas enredadas en la sorpresa de la noche.  La lluvia cae afuera,  esa formación meteorológica que en el desierto es una milagro. La geografía nos enmarca en un tiempo donde lo extraordinario muta y se transforma como lo hace el amor hasta rompernos. Desde las ruinas, cuando ya el desastre ha concluido, uno deja de tenerse piedad.  El alma encuentra su rumbo de turista. Ahora soy esa extraña en mi Pompeya. Veo a los amantes calcinados, apretados al miedo de separarse en una tarde de otoño. Son también ellos,  las estatuas de Rodin olvidadas en un sótano de Stanford. La luz llega por una ventana y rebota contra el frío del material oscuro. Sin materia no hay forma.  La lluvia no siempre cae del cielo.

La noche se presenta en la mañana.  El tiempo hace una trenza con la vida. Confusión de momentos, casi nada.  Lleva mucho tiempo entender cómo vivir en una casa de aire, sin muebles, sin cajones que guarden evidencias. Lleva tiempo hacerse tiempo, desaparecerse.

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En algún lugar de este planeta alguien sostiene ese nombre que mis labios repetían. Alguien responde a ese llamado. La vida sigue intacta en otra cama, sobre un acolchado que mira a un vidrio roto. Una calle sostiene esos pasos y los árboles reafirman mi destino de extranjera.

Todo organismo expele a un cuerpo extraño. Es el principio de la supervivencia. La infección relaja su inflamación, derramando pus sobre la herida.

Después hay un silencio de fluidos. Todo es aparente. Nada es cierto. Ni el desastre ni la gloria.
La vida es esta planta creciendo,  estos dedos que escriben con el semen de tu sangre.

Antes o después,  el amor sigue haciendo milagros.

Perfil del autor

Adriana es educadora en el Distrito de San Carlos, California.Tiene una licenciatura en Comunicación Social de la Facultad de Ciencias Políticas, de la Universidad Nacional de Rosario. Madre de Dante, un joven autista de 23 años, Adriana disfruta en escribir crónicas diarias, que ella ha titulado "Fotos con palabras". Sus textos pueden verse en Facebook. También ha publicado en las revistas Urbanave y en Brando, del Diario Nación y Página 12 Rosario.

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