viernes, noviembre 27, 2020
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    Los grandes y pequeños maestros del colegio, por Laura Fernández Campillo

    Tendría yo aproximadamente diez años, cuando llegó a mi colegio un equipo de astrónomos, ataviado con un telescopio, dispuestos a enseñarnos las maravillas del eclipse de sol que podía divisarse un día concreto, y a la hora señalada.

    Las monjas nos explicaron que podríamos ver el acontecimiento, una tras otra, observando por la lente del curioso aparato. Mi corazón palpitó de emoción con la idea de contemplar los astros en movimiento; siempre me impactó el universo y aquella era una ocasión ideal para comenzar a descubrirlo.

    Sin embargo, entre la información recibida, un folio explicativo para los padres, incluía un detalle del que no me percaté hasta que lo entregué en casa.

    La actividad costaba 300 pesetas, de las antiguas. Por aquel entonces, mi familia estaba atravesando apuros económicos, y la cantidad le resultó desorbitada a mi padre, comparado con la recompensa de observar por un agujerito los movimientos del sol y de la luna en sus órbitas. Así que, al día siguiente volví a clase con la autorización sin firmar, al igual que otras cinco de mis compañeras.

    Las monjas nos repitieron a las señaladas por el drama de no poder acceder al telescopio, lo insensibles que eran nuestros padres por no dejarnos realizar el ejercicio y yo me comí con tristeza las razones más profundas de mi familia, por vergüenza y, sobre todo, porque nadie las preguntó.

    Las seis niñas nos quedamos en clase haciendo sumas y restas de mates, mientras el resto de “elegidas” adquiría una dimensión protegida por la envidia y el deseo de estar en su lugar.

    Se iban marchando, una tras otra, con la cabeza bien alta, con el orgullo de ser hijas de seres comprensivos y nos miraban por encima del hombro, como si nuestros progéneres fuesen neanderthales incapaces de entender la dimensión del asunto.

    Cuando volvieron, recuerdo que me acerqué a varias de ellas para que me contaran con detalle lo que habían visto: “una chorrada”, contestó una de ellas. Al parecer, no les había resultado tan interesante, seguramente, porque ni siquiera les producía la más mínima ilusión.

    Con los años descubrí lo que significa pasar necesidades económicas, y comprendí a mi padre, con el dolor de aquel que entiende tarde una lógica aplastante: “si no hay, no hay, hija”… decía él. Efectivamente, si no hay, no se puede pintar el dinero, ni acudir al Banco de España, que era donde pensaba yo de niña que los padres dejaban de sufrir la escasez. Comprendí a mi padre, y traspasé la culpa a las monjas: aquellas mujeres insensibles que, por 300 pesetas no habían sido capaces de dejarme mirar por el agujero del universo.

    Sin embargo, al pasar los años y mirar hacia atrás, lo que más dolor me produjo de aquella experiencia, fue que ninguna de las maestras nos preguntase siquiera los motivos por los que nuestros padres nos habían “prohibido” la actividad. Habían decidido juzgar el asunto por el corte del precio: no pagas, no participas.

    Cuando uno se hace mayor, va comprobando que la educación no consiste simplemente en la transmisión de un conocimiento, o de la memorización de datos; sino que el educador está tratando con seres humanos que implican toda una vida tras ellos y que es en su específico contexto en el que se deben valorar todos los aspectos de la evolución del alumno.

    Mi colegio era un “privado”, con prestigio. Sí, posiblemente el conocimiento adquirido estuviera en esos cánones; sin embargo, humanamente, carecía de tantas virtudes que no puedo por menos que hacer una evaluación negativa del conjunto.

    Al pasar a la enseñanza secundaria, me encontré un ámbito totalmente diferente.

    Avisada por las monjas de los “problemas” que podía acarrear el instituto público, me armé de valor para introducirme en aulas con chicos y con profesores altamente interesados en mi vida familiar; pero no por la profesión de nuestros padres, o nuestro nivel económico, como había ocurrido hasta entonces; sino por el funcionamiento de nuestras familias, como conjuntos educativos complementarios a su educación académica.

    El primer año mi padre enfermó, y la profesora de Literatura, doña Guillermina, se acercó a mí en varias ocasiones para preguntarme qué me sucedía, porque me notaba menos alegre de lo habitual. Curiosamente, ni siquiera mis compañeros de clase se habían dado cuenta; pero ella, como profesora despierta y humana, sí lo había hecho.

    Quizás la posibilidad de tener el contraste de ambos tipos de maestro, me ha hecho poder agradecer la frialdad de aquellas monjas que me hicieron engrandecer la calidez humana de los profesores de mi instituto que se preocupaban por mis emociones. Si uno no contempla la oscuridad, difícilmente valorará la luz. Por eso, ya no guardo rencores.

    Hoy soy ajena a los asuntos educativos; aún así, supongo que seguirán existiendo ambos tipos de maestros. Y es en estos momentos de crisis, cuando la educación aqueja de falta de medios, cuando más pienso en esa educación pública y exquisitamente humana y académica que recibí de mi instituto, y en la importancia de ceder un importante presupuesto a tan clave partida.

    Observo a los ciudadanos de este país y de otros, que esperan que un “ángel protector” caído del cielo y en forma de partido político les resuelva sus problemas.

    Observo sus comportamientos, sus miedos, nuestros miedos… y este ascenso de opinión que se multiplica en favor de cerrar las fronteras, en favor de continuar con los excesos de las políticas basadas en el endeudamiento y en el enriquecimiento ficticios…

    Estamos perdidos. Y pienso que seguramente, parte de esa falta de solidaridad que mostramos, pasa por la educación que hemos recibido, en muchos casos, parcial, dividida, dejada de lado en su humanidad.

    Espero que nos demos cuenta de la importancia de aportar los medios necesarios para la cultura de los ciudadanos, porque en ella está la base del comportamiento futuro, de las elecciones que el individuo irá tomando en la edad adulta. Un pueblo educado integralmente, será un pueblo más inteligente, más capacitado y más humano para afrontar crisis como ésta, con la herramienta de la imaginación y del respeto por los demás.

    Agradezco enormemente a mis maestros; a los grandes y a los pequeños, porque sin todos ellos, hoy no sería consciente de la suma importancia que tiene nuestra educación.

    Laura Fernandez Campillo
    Laura Fernandez Campillo
    Laura Fernández Campillo. Ávila, España, 07/10/1976. Licenciada en Economía por la Universidad de Salamanca. Combina su búsqueda literaria con el trabajo en la empresa privada y la participación en Asociaciones no lucrativas. Sus primeros poemas se publicaron en el Centro de Estudios Poéticos de Madrid en 1999. En Las Palabras Indígenas del Tao (2008) recopila su poesía más destacada, trabajo este que es continuación de Cambalache, en el que también se exponen algunos de sus relatos cortos. Su relación con la novela se inicia con Mateo, dulce compañía (2008), y más tarde en Eludimus (2009), un ensayo novelado acerca del comportamiento humano.

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