viernes, mayo 14, 2021

Alto a la policía arrogante

Como si no fuese suficiente con los detalles del juicio que ahí se celebra contra el policía Derek Chauvin, quien mató a George Floyd, Minneapolis presenció el homicidio – tal fue la definición del forense – de Daunte Wright, de 20 años, por la policía Kimberly Potter, quien afirma que se equivocó. Que pensaba que blandía el taser y no el arma. 

Ambos hechos son otros tantos ejemplos brutales de la violencia policial contra minorías. Una violencia que no solamente no parece tener fin sino que se intensifica. 

Como paréntesis, la defensa de Chauvin – muy activa y confiada en su victoria – insiste que este exagente y sus dos compañeros presentes temían que la multitud (unas 50 personas) alrededor de ellos los atacaran… ¿con qué? Al margen de la estupidez del argumento – aunque no dudo de que algún jurado lo está sopesando – es un ejemplo por si faltasen del miedo visceral que los policías le tienen a la gente, especialmente si son jóvenes afroamericanos.

Solo recientemente: Caron Nazario, un teniente del ejército negro y latino, abusado en Virginia por dos agentes a punta de pistola; en Maryland, un policía militar arrestado por doble asesinato; en Chicago, la policía mató a Adam Toledo, un latino de 13 años, porque según ellos, blandía una pistola. Hay más. 

Parecería como si los policías que toman parte en estos terribles actos hacen oídos sordos al clamor de la sociedad civil y las protestas e iniciativas de cambios. 

Pareciera sin fin su arrogancia y su convencimiento de que tienen el derecho de hacer lo que quieran, incluyendo aplicar fuerza excesiva y registros irrazonables.

Como si fuesen parte de una camarilla con intereses propios. Lo que son. 

Como si no les interesase, que gradual pero inexorablemente, se está perdiendo la base de confianza que la policía necesita de la población para actuar contra el crimen. 

Es más, muchos agentes de policía consideran las protestas que desencadenan sus acciones como una afrenta y amenaza personal. 

El que los agentes rechazan con hechos, los intentos de limitar su derecho a ejercer fuerza, incluso la letal, es parte de la peligrosa división dentro de nuestro país. 

Su actitud de violencia, intolerancia y hasta crueldad hacia afroamericanos y en muchos casos, latinos, no debería existir y menos, ser una cuestión de política nacional. 

Y es imposible no relacionarlos con la división y animosidad entre republicanos y demócratas. Un alto oficial de la policía, ya retirado, dijo esta semana (en el programa de Bill Maher por HBO) que el 20% de los que asaltaron el Congreso el 6 de enero eran miembros de la llamada «fuerza del orden», uniformados sin uniforme, policías y soldados.

Las soluciones, entonces, deben partir ahora del gobierno federal. 

Ejemplos de entre ellas son, primero, anular la inmunidad calificada. Esta es la doctrina o principio legal que  otorga a policías relativa inmunidad frente a demandas y acusaciones, y que los hace gozar del beneficio de la duda. La idea, inicialmente encaminada a  proteger a los encargados del cumplimiento de la ley de juicios frívolos, se está volviendo impunidad incondicional.

La reforma policial es una necesidad nacional, y como tal debería venir de la Casa Blanca y el Congreso en Washington, para que consecuentemente, los estados se proyecten en la misma dirección. 

Pero nada cambiará si no cambia la orientación cultural e ideológica de los agentes. Estos deben entender que quizás más que el resto, deben cumplir la ley. Y que su trabajo consiste en proteger a la población y no a sí mismos. Que la comunidad los necesita genuinamente. 

Y para quienes dicen que todo se reduce a que los agentes necesitan mejor entrenamiento: es cierto que el entrenamiento de armas es brevísimo, un par de semanas nada más. Quien firma, en su servicio militar, pasó cuatro meses para tener un conocimiento moderado de su arma.

Pero no es el entrenamiento (solamente) lamentablemente. Potter, la que mató a Wright, trabajó 26 años en la policía. A esta altura, ¿el entrenamiento la cambiará?

La arrogancia, el miedo a la población, el nosotros contra ellos, está demasiado arraigado.

El cambio podría llevar años. Pero debe comenzar ahora. Para que las nuevas camadas de cadetes de la Policía se formen bajo nuevos estándares. Para que no lamentemos más muertes de inocentes.

Fundador y co-editor de HispanicLA. Editor en jefe del diario La Opinión en Los Ángeles hasta enero de 2021.
Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y editor de noticias, también para La Opinión. Anteriormente, corresponsal de radio. Tiene tres hijos adultos que son, dice, "la luz de mi vida".

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