La ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. FOTO: Wikipedia

Pasadas las elecciones legislativas de 2017 en Argentina, su figura parecía comenzar a transcurrir un territorio de pérdidas, de descrédito político y progresivo olvido.

Cristina Fernández de Kirchner había sido derrotada en su candidatura a senadora por la Provincia de Buenos Aires, a manos de un olvidable ex Ministro de Educación. Esteban Bullrich la había vencido sin despeinarse, certificando el buen momento que el oficialismo macrista disfrutaba entonces.

Reconciliación

Allí comenzó para la ex Presidenta ese peregrinaje por el desierto que los políticos de raza se ven obligados a recorrer en soledad a la búsqueda del oasis que les permita recomponer fuerzas y rearmarlas. Y comenzó a edificarlo mediante el recurso de la reconciliación con aquellos amigos que antaño la habían acompañado en su gestión y que los fragores de una lucha que siempre se libra en el barro -el de la política, donde los que pelean fatalmente se embarran- los habían distanciado.

Dos meses después de la derrota se encontraron, luego de 9 años de indisposición, con el ex Jefe de Gabinete de su primer gobierno, Alberto Fernández, quien también lo había sido de Néstor Kirchner y con el que se conocían además en el plano de la amistad, desde hacía dos décadas. Era el momento de volver a nacer, de ir poniendo otra vez ladrillo sobre ladrillo, hilada por hilada. Discutieron, trabajaron, restañaron heridas con paciencia durante todo el tiempo necesario mientras, ya entrado 2018, la gestión del gobierno comenzaba a mostrar signos de agotamiento, debido al fracaso de sus medidas económicas, sociales e impositivas.

Peronismo dividido

En el Peronismo, principal espacio de oposición y partido de ambos Fernández, la derrota de 2015 había abierto grietas en distintas direcciones: algunos se acercaron a Mauricio Macri facilitándole la gestión e iniciativas parlamentarias, otros se atrincheraron en una oposición firme pero aislada al principio, gobernadores y gremialistas jugaban sus piezas en el ajedrez político con la prudencia de quien gestiona y debe cuidar su territorio ante un gobierno duro e intolerante con las disidencias. Y allí era necesario entonces tejer con paciencia, ir recomponiendo los lazos en silencio, tratar de unir harina, agua y levadura para que el pan leude y amalgame al calor del horno. Y tuvieron por fortuna adecuados maestros panaderos.

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La jugada política magistral

Año y medio después del encuentro de fines de 2017, se produjo uno de esos hechos políticos que ponen a vibrar el tablero, un temblor de campanada repentina que deja todo patas arriba, cuando los cálculos previos son arqueología en un instante.

Fue a mitad de mayo pasado y dejó al más agudo analista con la boca abierta.  Nadie, haciendo uso de la lógica más llana, podía suponer que Cristina F. de Kirchner no fuera a presentar su candidatura a la presidencia. Se lo daba por hecho en los medios periodísticos y en la dirigencia política: eso o el retiro. Importantes dirigentes peronistas veían necesaria su postulación, la que en ese momento más votos arrastraba. Sin embargo tan cierto como eso era que parecía haber un límite claro, un techo difícil de franquear en la popularidad de la líder. Y aquí es donde aparece el talento político en su más oportuna y pura expresión: Cristina se corre, pero permanece.

El sábado 18 de mayo propuso la fórmula Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner para las presidenciales de octubre. Faltaban 5 meses; hoy solo unos días.

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Que se recuerde, no hubo en el país líder político que, pudiendo candidatearse a presidente, haya cedido su lugar por el de vice, es decir hacerse a un lado y a la vez sentar presencia. El mundo de la política quedó mudo por horas, días. El desconcierto era general, sobre todo en el oficialismo macrista cuyo relato hacía aparecer a Cristina no solo como segura postulante al primer lugar de la fórmula, sino como una codiciosa irrefrenable capaz de cualquier tropelía para hacerse con el poder. En ese lugar psicológico es donde golpeó con más dureza esa estrategia impar, donde con maestría CFK manejó con soltura 3 reglas de oro de la conducción política: información, oportunidad y sorpresa, demostrando de paso que no la anima ambición desmedida alguna.

Con el macrismo desconcertado y un peronismo unido

Allí selló buena parte de su suerte un gobierno -el de Macri- identificado por su simulación en el discurso para engañar a la población, los negocios particulares como fin primordial de su gestión y la sumisión a las directivas del Fondo Monetario Internacional, el capital financiero y el gobierno de los EEUU, que desembocaron en la actual crisis.

Y por oportuna añadidura, Alberto Fernández demostró en cinco meses el por qué se lo escogió para el cargo mayor, hecho que no solo resultó producto de su experiencia como Jefe de Gabinete y veterano hombre de la política, sino además por su capacidad innata para el diálogo y el acuerdo interno, tarea en la que alcanzó alto grado de éxito al reunir en el seno del Peronismo al 95% de los dirigentes que la derrota del 2015 había desperdigado, e incluso llegó a acercar a la dirigencia gremial, que hoy está dividida en 4 sectores sindicales, para una inminente unidad en una sola Confederación General del Trabajo (CGT) que será, según los cálculos, piedra fundamental junto a las instituciones de la industria, de un próximo y necesario Pacto Social para estabilizar una economía desquiciada, que no genera recursos.

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Si, como lo señalan todas las encuestas, el triunfo se inclina por el Frente de Todos -tal el nombre de la alianza de centro-izquierda liderada por el Peronismo- y si la gestión del nuevo gobierno logra detener la crisis socio-económica que afecta a la República Argentina y dirigirla hacia el crecimiento y el desarrollo, la figura de Cristina Fernández crecerá hasta convertirse en un referente de primer orden en la política latinoamericana.

Remontó con una tarea política artesanal y casi anónima, el crédito popular, que llegó a estar en índices muy bajos y hoy supera el 50% de imagen positiva, acató todas las disposiciones de la justicia, sin haberse exiliado en el extranjero como muchos suponían, se despojó de fueros durante 2 años, soportó que le destruyeran parte de sus propiedades en el afán infructuoso de hallarle bienes presuntamente mal habidos, embargándole el sistema judicial todos sus bienes y los de sus hijos. Todo este atropello fue asumido con el estoicismo y la convicción de quien tiene como norte la entrega a una idea y el trabajo en favor de principios sociales irrenunciables.

Si el próximo gobierno satisface las expectativas puestas en él, Cristina habrá logrado el sitial de los líderes históricos en la lucha por la liberación de los pueblos latinoamericanos.

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