viernes, noviembre 27, 2020
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    Dictadores buenos, Dictadores malos

     

    ¿Por qué Augusto Pinochet recibía el trato de dictador por parte de los políticos y los medios de comunicación, y Fidel Castro el de presidente de Cuba?

    ¿En qué proceso electoral fue elegido presidente el general Raúl Castro? ¿En cuáles comicios democráticos fue electo antes su hermano Fidel?

    ¿Cuál es la razón por la que Anastasio Somoza, Rafael Leónidas Trujillo, Fulgencio Batista, Jorge Rafael Videla, Francois Duvalier y su hijo “Baby Doc”, Marcos Pérez Jiménez, Juan Carlos Onganía, José M. Velasco Ibarra, Humberto Castelo Branco , Juan María Bordaberry, René Barrientos, Alfredo Ovando, José Félix Uriburu, Juan Vicente Gómez, Pedro Aramburu, Porfirio Díaz, Carlos Castillo Armas, José María Guido, Gustavo Rojas Pinilla, Leopoldo Galtieri, o Alfredo Stroessner, son todos ellos ex dictadores y Fidel Castro es el ex presidente cubano?

    ¿Es que hay dictadores buenos y dictadores malos?

    Estas son preguntas que se hacen los cubanos, tanto los que viven en la isla como los que están dispersos por los cuatro puntos cardinales gracias a dos “presidentes” que nunca nadie eligió.

    La palabra dictador fue creada en la antigua república de Roma, hace 2.500 años, cuando en situaciones de extrema gravedad los cónsules, por orden del Senado, nombraban a un “dictator” que asumía todos los poderes por seis meses, hasta el restablecimiento de la normalidad.

    Con el surgimiento de las democracias modernas en el siglo XIX, el término dictador volvió a ser utilizado para designar a todo jefe de gobierno que ejerce el poder “manu militari” (por la fuerza) de forma absoluta haciendo trizas el principio enunciado por el barón de Montesquieu en el siglo XVIII de la independencia de los tres poderes en que se sustenta la democracia moderna: Legislativo, Ejecutivo y Judicial.

    Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XX la mayoría de los medios de comunicación de todo el mundo y los políticos latinoamericanos consideran dictador sólo a los “hombres fuertes” que militan en la derecha. Por lo general, si el susodicho es de izquierda y antinorteamericano lo llaman presidente, aunque nadie lo haya elegido, oprima a su pueblo, sea corrupto hasta la médula y convierta a su país en ruinas.

    En Nicaragua, los Somoza (padre e hijos), de extrema derecha, sin duda eran dictadores.

    Pero el sandinista Daniel Ortega, una vez derrocado Somoza en julio de 1979 se mantuvo en el poder por la fuerza hasta 1990 –con apoyo soviético y cubano–, y no era considerado dictador. Jamás un medio de prensa latinoamericano o de EE.UU. dejó de llamar presidente a Ortega en esos 11 años.

    Tampoco era calificado de dictador el general Juan Velasco Alvarado, quien en 1968 encabezó en Perú un golpe militar contra el presidente Fernando Belaunde, democráticamente elegido, e instaló una dictadura militar nacionalista de izquierda que gobernó hasta 1975. Velasco se autoproclamó “Presidente del Gobierno Revolucionario de Perú”, y así fue tratado pese a que encarcelaba o deportaba a sus oponentes políticos, suprimió la libertad de expresión, nacionalizó algunas industrias fundamentales, y estableció vínculos militares y políticos con la Unión Soviética –Moscú le entregó grandes cantidades de armamentos– y con el régimen castrista, mientras empobrecía a los peruanos.

    En la vecina Bolivia el general Alfredo Ovando, golpista derechista era un dictador.

    Cuando en octubre de 1970 Ovando fue derrocado por otro general derechista, Rogelio Miranda, éste también fue dictador. Miranda fue depuesto casi de inmediato por un contragolpe militar encabezado por el izquierdista general Juan José Torres, quien ya no fue dictador porque se declaró antimperialista y nacionalizó las minas principales del país. Diez meses después, en agosto de 1971, el “presidente” Torres fue derrocado por el general Hugo Banzer, dictador por su condición de derechista e ideas fascitoides.

    En Panamá, en 1968 el coronel Omar Torrijos dio un golpe de estado junto con otros militares que derrocó al presidente constitucional Arnulfo Arias Madrid. Torrijos disolvió los partidos políticos, se autoascendió a general, asumió poderes absolutos con el título de “Líder Máximo de la Revolución”, y se mantuvo en el poder hasta su muerte en un accidente de aviación en 1981. Pero nunca fue considerado dictador porque era de izquierda, antinorteamericano, amigo de Fidel Castro y obtuvo de Washington la devolución del Canal de Panamá.

    Es obvio, pues, que los medios de comunicación en general tienen una visión ideologizada de lo que es un dictador, lo cual viola la objetividad periodística de la que tanto presumen.
    Todos deben ser repudiados

    No, no hay dictadores buenos y dictadores malos, sino simplemente dictadores. Y todos deben ser repudiados por igual, no importa su afiliación política e ideológica. Quien gobierna por la fuerza, concentra en sus manos los poderes públicos y no se somete al escrutinio popular hace regresar la sociedad a la Edad Antigua.

    Como decía Simón Bolívar, “Huid del país donde uno solo ejerce todos los poderes: es un país de esclavos”.

    No hay líderes mesiánicos por derecho divino con la misión histórica de guiar a sus pueblos, como alegan los líderes populistas. Suiza, Noruega y Luxemburgo son los tres países con más alto nivel de vida sobre la Tierra (según la ONU) y ninguno tiene caudillos “iluminados”.

    Se comprende que en los países en desarrollo surjan líderes populares que encabecen procesos revolucionarios para derrocar regímenes sanguinarios que oprimen al pueblo. Lo que es inadmisible es que esos líderes en vez de restablecer las libertades democráticas se conviertan luego en tiranos a veces peores que los derrocados.

    En el siglo XXI, las naciones no necesitan ya héroes –tipo Cid Campeador o Juana de Arco–, sino instituciones que garanticen las libertades individuales y un estado de derecho que facilite el desarrollo social y económico.

    Fidel y Raúl Castro llegaron al poder el primero de enero de 1959 luego de derrocar al dictador Fulgencio Batista –que gobernó Cuba por 6 años y 9 meses—, pero 52 años después siguen en el poder y no lo van a dejar mientras vivan.

    Fidel prometió desde la Sierra Maestra que habría elecciones democráticas cuando triunfase la revolución, y que sería restablecida la Constitución de 1940. Pero 36 días después de asumir el control del país, el propio Castro redactó el 7 de febrero de 1959 la “Ley Fundamental”, por la cual el Consejo de Ministros que él presidiría definitivamente una semana después asumió los tres poderes públicos. También abolió la Constitución de 1940, y lanzó la consigna de “¿Elecciones para qué?

    En 51 años y 9 meses jamás en Cuba ha habido elecciones presidenciales y son ya muy pocos los que recuerdan los últimos comicios de 1948, cuando fue elegido Carlos Prío presidente de la república.

    No obstante, hace poco los medios de prensa publicaron mundialmente una melíflua nota de la AP sobre el cumpleaños de Fidel Castro que fue titulada: “Cumple 84 años el expresidente cubano”. Lo mismo hicieron las cadenas de TV de EE.UU. y de todo el planeta.

    Títulos como ese son una afrenta al pueblo cubano, como es una ofensa a los chilenos llamar ex presidente a Pinochet.

    Roberto Alvarez-Quinones
    Roberto Alvarez-Quinones
    Roberto Alvarez Quiñones (1941), periodista, economista y licenciado en Historia cubano residente en California, con 40 años de experiencia como columnista en el área económica, primero en Cuba en el periódico “Granma” (1968-1995), y simultáneamente en la Televisión Cubana, donde fue comentarista de economía internacional, desde 1982 a 1992. Profesor de la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana desde 1982 a 1992. Llegó a EEUU en 1995, y en 1996 comenzó a trabajar en el diario “La Opinión” de Los Angeles, donde fue editor y columnista de las secciones de Negocios, Latinoamérica, El Mundo, y el suplemento “Tu Casa” (bienes raíces), hasta 2008. Actualmente es analista económico de Telemundo (TV), y escribe columnas y artículos para varios medios en español de EEUU y España. Es autor de 6 libros, 4 publicados en La Habana y 2 en Caracas, Venezuela. Ha recibido 11 premios de periodismo.

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