Envejece el neoliberalismo en Chile

Envejece el neoliberalismo en chile
El costo social de las políticas neoliberales ha sido la precariedad permanente para una parte importante de la sociedad chilena.

SANTIAGO DE CHILE – La elección de Jair Bolsonaro fue un Waterloo para las ideas progresistas del mundo. El golpe de timón sustentado en el odio y el prejuicio fue tan rotundo y desolador que hasta la más férrea ilusión socializante sufrió baldazos de agua fría. Los gobiernos de extrema derecha se siguen multiplicando sin encontrar contrapeso. Los capitalismos autoritarios del Oriente parecen primos hermanados en la forma y en el fin. Solo México ha marcado la nota disonante y las expectativas ante la ruta que emprenderá Andrés Manuel López Obrador son tan altas como sujetas a la pronta decepción. 

A la par que se desarticulan las políticas socialdemócratas en el mundo para dar paso a un neoliberalismo rabioso, en Chile vivimos un proceso distinto. Aquí el neoliberalismo, asociado desde su origen a la extrema derecha más recalcitrante, está envejeciendo. Los chilenos debieron asimilarlo a la fuerza hace más de 40 años. Los Chicago Boys, portadores de la Biblia de esa ideología, gozaron del afortunado brazo represor de Augusto Pinochet para implantar políticas de shock sin asumir el costo del incendio social.  El propicio laboratorio austral permitió el despliegue amplio de políticas que entonces fueron novedosas y hasta parecieron auspiciosas: liberalización de mercados, bajas tasas de interés, bajos impuestos, empequeñecimiento paulatino del Estado, código del trabajo pro-empresarial, sistema de pensiones y salud privado, sindicalización entrabada. Entre los sectores más dañados estuvo la educación pública, parcialmente abandonada por el Estado, que la orientó hacia una especie de utilitarismo tibio, no resuelto, reproductor de analfabetos funcionales.

El costo social 

El costo de esta imposición fue la precariedad permanente para una parte importante de la sociedad chilena. La desindustrialización. El cierre de miles de fábricas y el cambió de la matriz productiva hacia el libre comercio, el monocultivo agrícola y forestal, y las oscilantes prebendas de la minería. 

Hoy Chile sigue un ritmo parsimonioso en apariencia, con trabajadores con bajos salarios, muy endeudados y altos niveles de estrés. La vida cotidiana es onerosa. Las personas que se jubilan ingresan a un túnel terminal de miseria. Los alimentos están entre los más caros del mundo, tal como la educación, garantizada para un acotado segmento, pero en ningún caso privado o público, digna de ser destacada. Las fuerzas armadas cuentan con un sistema previsional privilegiado, muy distinto al resto de los chilenos, y al que hasta ahora ningún gobierno ha sido capaz de echarle el guante. Pero ni todo ese privilegio ha impedido vergonzosos niveles de corrupción en sectores del alto mando.

Sin alternativa a mediano plazo

Sin embargo, no hay una oposición suficientemente organizada que pueda plantearse como alternativa, menos con un sistema ideológico que garantice que el reemplazo del actual sistema dará paso a uno mejor. Sebastián Piñera, por su parte, es astuto y sabe llevar la delantera, toma precauciones, se disfraza de Mesías o Arlequín si la situación lo amerita, y tiene a los bomberos de su gobierno prestos a combatir cualquier siniestro. 
 
En Chile está garantizado, a mediano plazo, la supremacía de un neoliberalismo con muletas, marcapasos y respirador artificial que en el camino va encontrando nuevas formas de parchar sus males y seguirse perpetuando. Y en ello, las post verdades de una prensa controlada, son el mejor caballo de batalla.

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