Los dos Diegos, por Liza Rosas Bustos
A los Dos Diegos: Ahora que caminas libre de tu cuerpo que se hizo esclavo del ritmo de la adicción y no pudo esquivar los goles que hizo a tu cuerpo, tu ejemplo es nuestro de todo y de todos
Todos somos Diego

Tuvo tantos roles: niño maravilla, hijo abnegado, padre, hijo, hermano, talento y vergüenza nacional. Fue semental de rubias, embajador del deporte, bufón y héroe de turno.
El Pibe vivió en función del mundo. Sacrificó su niñez para salvar a su familia, a la nación Argentina colocándola en el mapa del deporte internacional, cambiando al fútbol para siempre. La adicción, contrincante rastrero nacido de los vacíos del alma, siempre estaba acechándolo, escondida en las rendijas de las exigencies de sus roles, lejos de su centro esencial, esperando verlo flaquear.
Diego se buscaba por fuera.
Pero afuera, pocas veces encontró al verdadero Diego. Lo buscó en su familia a la que ayudó, en las casas y los autos que consumió, en los cuerpos de las mujeres que folló, en las comelonas que organizó, en las borracheras que protagonizó, en las orgías en las que participó, en los emires y presidentes que conoció.
Cuando no lo encontraba, disparó improperios, despotricó. Su identidad, configurada por el fútbol mediático, daba botes cuando era castigado y obligado a alejarse de él.
Quiénes son los dos Diegos

Muy debajo de sus espectaculares goles, de sus piruetas inigualables estaba su esencia humana: Diego, Dieguito, Dieguín. El niño que decía soñar, o el novio que se hundía en la cara de Claudia o Rocío, el abuelo que aceptó a sus Diegos hijos o el viejito vulnerable que apareció sentado en la cama con un parche en la cabeza en una de sus últimas fotos.
¿Hubiera sido Diego el mismo sin fama?
Es fácil ser adicto cuando uno es un simple mortal. La anonimia ayuda. Uno puede meter los dulces, el trago o la “medicina” debajo del colchón. Claro, protege el azar, la negación familiar o la soledad cómplice. El consumo de comida, de enseres, de maquillaje, de coca, de marihuana, de carteras o de ropa.
Cuando el mundo depende de tí

Un ojo de millones de personas lo observaba, lo juzgaba, dependía de él para su entretención. Era el gestor del más grande de los honores y la peor de las deshonras para diversión y asombro del mundo entero.
La epigenética lo indica, es probable que el estrés de Barcelona, primera vez fuera de Argentina, y la pobreza de su niñez se hayan conjugado para despertar a su contricante más rastrero: la adicción. Pero ¡qué va!, el ojo escrutinizador del mundo hacía oído sordo y lo aumentaba todo. ¡Qué genio que sos! ¡Qué diabólico que sos! ¿Por qué tanta falta de disciplina? ¿Por qué sos tan irresponsable, ché? ¿Por qué sos tan gordo, ché? ¿Por qué sos tan loco, ché? ¿Por qué tan violento, ché?
Ahí estaba El Pibe en el circo mediático, expuesto ante la voz colectiva, socarrera de la opinión mundial. Dentro del Pibe estaba el niño, tambaleando, sin centro, escuchando su voz interior: “sin fútbol no sos nada”. Distraído como estaba de su esencia.
La zancadilla era letal.
Diego usó la estrategia humana universal. Buscó la contención del incondicional vicio. Después de todo, era el vaso que resguarda, ciega todos los ojos y ahoga la ingrata voz. Algo parecido hicieron Billie Holiday, Hector Lavoe, Whitney Houston, Charly García, Ricardo Ceratti y Amy Whinehouse.
La adicción es el enemigo

Cuando no pudiste jugar fútbol ya más, te enfrentaste a la rúbrica de la sociedad, a las expectativas de los roles: las de padre, la de hijo, la de hermano, la de amigo, la de un país entero. Para colmos, te topaste con los parásitos que te pasaron la cerveza, que te llenaron de sexo a cambio de plata o fama. Sólo tú podías dar con la estrategia para vencer al contrincante. Nadie te ayudó a encontrar al Diego.
Hace poco vi a Maradona en un video. Se veía pequeño y vulnerable. Caminaba lento, cumpliendo sesenta años en el estadio desocupado. Los afiches del recinto vacío proyectaban la foto del melenudo, joven Pibe. “Ya no se parece a él”, dijo su ex-novia, más tarde, sollozando para espectadores de la television. Y sí. No era El Diego, o la proyección de la que ella se enamoró.
Probablemente tras tanta vida, de tanto rol, de tanto sufrimiento, volvías a recuperar el balón de tu esencia. Después de tanto desgaste, volvías a ser Diego.
Ahora que caminas libre de tu cuerpo que se hizo esclavo del ritmo de la adicción y no pudo esquivar los goles que hizo a tu cuerpo, tu ejemplo es nuestro de todo y de todos. Es tu historia y es tu ejemplo.
¡Viva este Diego y no el otro! Con este recuerdo me quedo.



