viernes, noviembre 27, 2020
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    La tristemente célebre hazaña de hacer clic

    Esto de los teléfonos celulares suma y sigue. Nos hemos convertido en una especie de policías tribales de mala muerte buscando cinco segundos de fama viral, al precio que sea y cueste lo que cueste.

    Hay algo de esta epidemia de acusados y víctimas que deja mucho que desear. El teléfono se convierte en una especie de catalizador de atención efímera. Los dedos y las teclas de un aparato nos protegen de la incómoda realidad. También nos ahorran la posibilidad de resolver temas que requieren nuestra intención de arreglar el mundo sin que nadie se entere, como en antaño, en persona.

    La tristemente célebre hazaña de hacer clic
    La tristemente célebre hazaña de hacer clic

    Pero ¡qué va! Queremos que se entere todo Cristo que hemos donado dinero. Queremos que se entere todo Cristo que hemos salvado al perrito, al gatito o al niñito.

    Queremos que se entere todo Cristo que hemos llegado a esa cumbre, que hemos saltado ese charco. Queremos que todos sepan de la mujer que no recogió la basura, del señor que abandonó al perro. Somos la moral ambulante.

    De no hacerlo, no existimos. Nos ahoga la anonimia virtual.

    Si alguien descuida a un perro por ejemplo, y lo deja dentro de un estacionamiento, es de sentido común socorrerlo. El buscar dentro de la tienda cercana al dueño del auto o hacer un pedido de que lo llamen por Intercom sería lo más sensato. Pero qué va, si hemos aprendido a reclamarlo todo. ¿Cómo no nos vamos a sumar a esta suerte de comparsa moral que se cierne sobre todos?

    Somos los sapos sociales. Hace unos meses, observé a una mujer sacar el teléfono furiosa y llamar al 911 tras darse cuenta de que había un perro encerrado dentro de un automóvil parqueado al lado del restaurante.

    ¿Qué le costaba ir al recinto a preguntar si alguien era dueño del auto blanco con patente de California? Pues nada. Le costaba menos sacar su celular y llamar a 911. Pasaron unos minutos y llegaron los policías, pasaron unos diez más y llegó la Sociedad Protectora de Animales. Pasaron otros cinco y llegó la dueña del auto mientras la mujer continuaba grabando y hablando por teléfono.

    Llegaron dos instituciones con mucho que hacer, que le pidieron a la mujer que abriera su auto. Entretanto la policía varsity hocicona virtual continuaba grabando. La mujer no quiso agarrar el sartén por el mango y acercarse al restaurante para preguntar. Era preciso llamar la atención de las masas virtuales.

    ¿Qué nos está pasando? Lo digo yo que me divertí bastante cuando miré a “Cornerstore Caroline” anglosajona que llamó a la policía tras acusar a un niño Jeremy afroamericano de toquetearla en una bodega de Flatbush en Brooklyn. Resulta que fue la mochila, no la mano, según la cámara de la tienda.

    No faltó el que se burló de la mujer y le preguntó riendo: ¿qué te va a tocar ese trasero de tabla? “Who is gonna touch that flat ass?” para la diversión y la furia de todos. Debo incluirme. Miré, juzgué, me reí y compartí, deseando secretamente que quienes reciben mi video, me apreciaran por tamaña hazaña de hacer clic.

     

    Del entretecho de la noticia se deduce una triste realidad. Nos estamos olvidando del sentido común que nos hacía resolver allí mismo, en la inmediata e ingrata realidad,

    Somos periodistas de mala muerte buscando un poder fugaz del cotilleo, del chisme para recibir unas migas de atención. La otra mitad, somos el semillero del tontódromo virtual se mofa de las equivocaciones del vulgo. Miramos mecánicamente y compartimos con deleite otra fallida acción humana.

    Somos unos Quijotes de malamuerte mendigando atención virtual por medio de llamar la atención de algún descuido humano. Estamos en pleno neobarroco medieval.

    No dudamos en sacar el teléfono y escondidos detrás de una pantalla, juzgar, reclamar, mofarnos, despotricar. Pero no nos atrevemos a arremangarnos la camisa para salvar a alguien, para sacarlo del apuro sin que nadie se entere. Mejor se siente sacar el mirona y hocicona pantalla para el deleite de todos y para obtener migajas de atención. No menos deplorables somos los otros. Sentados detrás de la tecla construimos y destruimos el mundo varias veces. Aplaudimos y arrasamos con un par de tecleos que nada cuesta aflojar.

    ¿Será que me incluyo?

    Liza Rosas Bustos
    Liza Rosas Bustos
    Profesora chilena (Valparaíso, 1970). Reside en Nueva York (EUA) desde hace doce años. Ha colaborado para el periódico literario Puente Latino, Hoy de Nueva York. Forma parte del Espacio de Escritores del Bronx Writer’s Corps. Cuentos suyos han aparecido en las revistas Hybrido y Conciencia. Sus poemas, ensayos, artículos y cuentos han sido publicados por la Revista virtual Letralia de Venezuela. Sus poemas aparecen en las publicaciones mexicanas La Mujer Rota y la Revista Virtual Letrambulario además de Centro Poetico, publicación virtual española. Actualmente se desempeña como profesora de español de segunda lengua en Frederick Douglass Academy II de Harlem y realiza estudios de Doctorado en Literatura Hispánica y Luso Brasileña en Graduate Center, City University of New York.

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