Tendencia

Vigilantes que matan y los políticos que los defienden

Como sabemos, hay más armas de fuego en manos de ciudadanos privados que residentes del país: 440 millones de armas contra 330 millones de personas.

Las armas sagradas

El 42% del total que están en manos privadas en el mundo están aquí, en Estados Unidos. Y un sector político ha convertido finalmente el derecho a la tenencia de armas – que según la extraña interpretación de la Suprema Corte radical está garantizado por la Segunda Enmienda – como sagrado. Tanto como el derecho a la vida. Más que el derecho a la libre expresión y la disidencia. 

Tan es así que con cada tiroteo masivo suben las ventas de armas. 

Y los tiroteos masivos se hacen más y más frecuentes. Y la reacción es más y más automática, insensible: ese sector político ofrece “thoughts and prayers” por las víctimas sin más soluciones que catalogar cada ataque como causado por una enfermedad mental. Algo que fue rechazado ya hace mucho por la FBI. 

También sabemos que la manera en que la división política en nuestra nación se refleja en las percepciones y mentes de los estadounidenses está llegando al punto previo a la Guerra Civil. Para ese sector político, los disidentes – liberales o “libs”, o la gente con ideas “woke” – son un enemigo. 

Proliferación de armas de fuego en manos de la población civil. Alta frecuencia de tiroteos masivos sin otro objetivo que matar. Una división política en la que para la extrema derecha quien piense distinto es un enemigo, y cuyo catalizador es Donald Trump. 

Lee también:   Texas aprueba una ley antiinmigrante racista, peligrosa, provocativa e ilegal

Vigilantes que matan como héroes

En la conjunción de estas tendencias está la raíz de una situación preocupante, el inicio de algo que podría cambiar nuestras vidas como sociedad soberana en Estados Unidos. 

Se trata de la defensa que hacen los representantes y líderes republicanos del vigilantismo en general y los vigilantes en particular. Esto es, de la aplicación de la ley llevada a cabo sin autoridad legal por un grupo de personas que se autoproclaman justicieros. 

Tres años atrás Kyle Rittenhouse, un joven supremacista blanco de 17 años, fuertemente armado, mató a dos participantes en una protesta pacífica contra la violencia policial en Kenosha, Wisconsin.

Después, la policía le abrió el paso para que pueda retirarse y sin siquiera confiscar el arma, que como menor de edad portaba ilegalmente.

La hoy congresista Marjorie Taylor Greene lo llamó “niño inocente”.  El comentarista Tucker Carlson, que últimamente cayó en desgracia y fue despedido porque es demasiado extremista hasta para Fox News, le agradeció por mantener el orden. El ex presidente Donald Trump, fuente y efecto de la fiebre de odio, lo invitó a comer con él en su mansión de Mar-a-Lago. El gobernador de Florida y futuro candidato presidencial Ron DeSantis -un imitador de Trump- dijo que todos deberían emularlo. 

Rittenhouse fue sobreseído por un jurado que aceptó su reclamo de autodefensa. Hoy es una joven celebridad en el circuito republicano.  En una conferencia de liderazgo partidista recibió una ovación de pie. 

Lee también:   La Virgen María y la diosa Isis

Una lista que se alarga

Recordamos también a Patricia y Mark McCloskey, esta pareja de abogados litigantes que con armas largas amenazaron de muerte a un grupo de manifestantes contra la brutalidad policial que pasaban por su casa en un suburbio de St Louis, Missouri. Fueron ovacionados durante la Convención Nacional Republicana. Fueron condenados por un crimen pero el gobernador los indultó. Mark McCloskey se postuló para senador federal pero perdió en las primarias republicanas del siguiente año. 

El mes pasado  el gobernador de Texas, Greg Abbott, anunció además que indultaría a Daniel Perry, quien fue condenado por asesinato de un manifestante en otra protesta similar. 

Más nutrido aún es el apoyo de conservadores a  Daniel Penny, quien fue acusado de homicidio involuntario por estrangular durante 15 minutos a un desamparado y enfermo mental afroamericano, matándolo. El homeless estaba insultando a otros pasajeros en el metro de Nueva York y gritaba. Penny, un ex infante de Marina, lo ahorcó y siguió haciéndolo mucho después de que la víctima dejara de moverse. Una campaña de recolección de fondos para su defensa llega a 3 millones de dólares. 

El congresista Matt Gaetz lo llamó “Superman del Metro”. El editorial del Wall Street Journal bajó el título “Libertad para Daniel Penny” lo declaró “el buen Samaritano del Metro”. 

Todos estos ejemplos son de criminales enceguecidos por el odio y la adoración de la violencia, dirigida en todos estos casos contra afroamericanos. No son buenos samaritanos. No ayudan. No merecen ser alabados. Pero en la división política que nos ahoga, hasta esta aberración es posible. 

Lee también:   El mayor desafío de la comunidad LGBTQ ante el odio: hablar y denunciar
Perfil del autor

Fundador y co-editor de HispanicLA. Editor en jefe del diario La Opinión en Los Ángeles hasta enero de 2021 y su actual Editor Emérito.
Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y editor de noticias, también para La Opinión. Anteriormente, corresponsal de radio.
--
Founder and co-editor of HispanicLA. Editor-in-chief of the newspaper La Opinión in Los Angeles until January 2021 and Editor Emeritus since then.
Born in Buenos Aires, Argentina, lived in Israel and resides in Los Angeles, California. Journalist, blogger, poet, novelist and short story writer. He was editorial director of Huffington Post Voces between 2011 and 2014 and news editor, also for La Opinión. Previously, he was a radio correspondent.

Botón volver arriba