La crisis fronteriza es real y grave, más allá de la confrontación política

Los demócratas no tienen soluciones; los republicanos no las buscan; buscan culpables

A mil kilómetros de la frontera entre Estados Unidos y México mueve lentamente una enorme caravana de inmigrantes. Van caminando, y en el camino entonan cánticos y levantan pancartas, y se ayudan mutuamente, y abrigan la esperanza de que la unión hace la fuerza.
Pero la caravana, por más esperanzada que sea, casi con seguridad no llegará a destino, no cruzará la frontera, y sus integrantes no emigrarán ni se convertirán en estadounidenses en el futuro próximo.

La caravana del hambre

Hombres, mujeres, muchos niños, gente pobre, gente golpeada por la vida, asesinada, atemorizada, sin otra alternativa que caminar.

Y sin embargo, la caravana, con sus diez mil o poco menos integrantes, es un símbolo de lo que está sucediendo ahora mismo en la frontera sur y que hemos negado durante demasiado tiempo. Sí, el fantasma de la inmigración ilegal es la sopa hirviendo con que la extrema derecha republicana, el trumpismo, atraganta a su base. La caravana es para ellos, una vez más, la amenaza oscura de los inmigrantes cuyas verdaderas intenciones esa base se imagina en medios sociales, sitios de conspiración y veladas de la así llamada política como rotundamente criminales.

Pero si la caravana no ha llegado ni, con casi toda seguridad, jamás llegará, si están llegando otros. Decenas de miles cada semana cruzan la frontera y se arrojan en brazos de las autoridades pidiendo protección de sus penurias.

No hay que ser republicano, ni xenófobo, ni antilatino para darse cuenta de que hay una crisis en la frontera. Se puede ser progresista, o demócrata, o pro inmigrante, o inmigrante uno mismo, y reconocerlo.

En septiembre, “Los funcionarios fronterizos de EE. UU. han expulsado o devuelto a más miembros individuales de familias migrantes en los últimos cuatro meses que en cualquier año fiscal completo anterior”. Eso se repitió el mes siguiente, y el siguiente, y este.

Los números absolutos confunden, porque distintas agencias y distintos medios de comunicación cuentan de diferente manera. Algunos, “solo cuentan a las personas que cruzan por puertos de entrada legales”.

Otros, a quienes utilizan la aplicación CBP One. O los distintos programas de “parole”.
Pero podemos decir que los números han estado fluctuando, en cada uno de los dos últimos años fiscales (que terminan el 30 de septiembre), entre dos y 3.5 millones de personas.

Una era de migración global

El fenómeno no es nuevo ni es único para Estados Unidos. Esta es una era de migraciones globales masivas, como las que definieron cambios históricos desde los albores de la historia. Pero estas olas migratorias no vienen a caballo de ejércitos poderosos, ni de comerciantes de baratijas y espejitos, ni es la cabecera de un esfuerzo de catequización doctrinaria. En cambio, las impulsa la desesperación, el hambre, el miedo a la muerte, a la violencia que se escurre por todas partes.

No importa. Igual están cumpliendo la labor histórica del balance, del flujo que va de los países desesperados a los países esperanzados, de los países que ya casi no existen a los que los paraliza el miedo a no existir más. Este es el gran acto de balanceo del siglo XXI. Prevé un reguero de cataclismos sociales como los que no se veían desde hace al menos cien años.

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La caravana atraviesa México. El común denominador de sus integrantes es la certeza absoluta de que nada puede ser peor que lo que acaban de dejar atrás en los lugares donde nacieron ellos y sus antepasados pero no nacerán sus hijos.
Y crece. Miles de migrantes se agregan a la caravana en Centroamérica y en México. Seguirá creciendo hasta comenzar a diluirse.

En todo 2023 los números de inmigrantes indocumentados a Estados Unidos han subido desmesuradamente, de una manera quizás repentina. Quizás no nos dimos cuenta porque estábamos ocupados negándolo.

La inmigración ha sido históricamente compuesta por mexicanos, guatemaltecos, hondureños y salvadoreños. Este año han estado llegando desde Venezuela, Colombia, Ecuador. Y más allá, de la India, de China. Por primera vez desde que se contabilizan los cruces, han sido más los venezolanos (54,833 ) que los mexicanos (39,733).

Números inasibles

Los números son tales que han superado la capacidad de absorberlos que tiene el estado nacional, algo que ha estado causando estragos en nuestros sistemas. Los estados del sur movilizan, casi seguramente de manera ilegal, sus tropas estatales – que el Presidente puede de un plumazo convertir en federales – sus policías, sus recursos, y sus flotas de autobuses, para rechazar, contener, procesar, deportar y transportar a otros estados y ciudades, a los que perciben como amigables a esta situación. Como Nueva York.

Solo que en Nueva York, el alcalde Eric Adams acaba de limitar la entrada de autobuses de fuera del estado a la ciudad, en un intento quizás fútil de contener el regalo indeseado. Desde ahora los propietarios de autobuses charter provenientes de Texas deben avisar con 32 horas de antelación su llegada, que debe tener lugar de lunes a viernes de 8 de la mañana a 12 del mediodía.

Esto sucedió la semana pasada después de que llegaron sin aviso previo 17 autobuses repletos de indocumentados enviados por cortesía del gobernador de Texas Greg Abbott a Nueva York. El día del anuncio llegaron cinco más a la 1 de la mañana. Abbott prometió enviar 25,000 inmigrantes antes de fin de año a la Gran Manzana.

¿El costo para NY? Mil millones de dólares este año y tres mil más el próximo, dinero que no está siendo reembolsado por el gobierno federal. Adams, junto con los alcaldes de Chicago y Denver, tratan de presionar al Congreso y la Casa Blanca a suministrar soluciones. Alguna solución. Buena suerte. Washington está paralizado y si hay un tema que lo divide aún más, es el migratorio. Los Ángeles, por su parte, ha recibido un par de miles.

Por regla general, no existe un procesamiento en el punto de salida de los buses, con la excepción de un grupo de voluntarios en Brownsville, Texas que confeccionan una lista de los pasajeros de cada vehículo con sus datos personales, que comunican a organizaciones comunitarias como CHIRLA, dándoles 24 horas – hasta que lleguen los pasajeros – para prepararles ayuda.

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Como se recordará la práctica la inició en 2022 el malogrado candidato presidencial y gobernador de Florida Ron de Santis, cuando envió a los buses al vecindario exclusivo en Martha ‘s Vineyard en Massachusetts.

No los quiere nadie

Con cada día que pasa es más común, claro y sobreentendido que a los inmigrantes no los quiere nadie, o casi nadie, con la excepción de activistas comunitarios y los mismos familiares.

 

Las jurisdicciones demócratas en consecuencia podrían estar cambiando su postura y endureciéndose ante la ola migratoria. Si bien eso es especulativo, lo cierto es que carecen de recursos suficientes para absorber a decenas de miles de inmigrantes en su seno. Ya no pueden.

“Las ciudades”, nos informan, “no tienen suficientes viviendas asequibles, suficientes refugios o suficiente dinero para ayudar a todos los que lo necesitan, lo que agota los escasos recursos y deja a miles de personas en la calle”.

Así se agrava la crisis de vivienda general ya existente en cada centro metropolitano y deriva en el aumento sucesivo en la cantidad de homeless, de desamparados. El Wall Street Journal concluye que 2023 ha sido un año récord en su cantidad en todo el país, quebrando el récord anterior establecido el año anterior.

A todo esto, muchos entre los demócratas y progresistas prefieren ignorar la situación y repetir consignas. No todos.

«Espero que los demócratas puedan entender que no es xenófobo preocuparse por la frontera», dijo el senador demócrata por Pennsylvania John Fetterman en una entrevista. «Es una conversación razonable y los demócratas deberían participar». Fetterman es y se considera el más pro inmigrante entre los miembros del Senado federal.

La frontera no está abierta

Es que el crecimiento en la cantidad de inmigrantes que cruzan la frontera no se debe a que la frontera esté abierta. No lo está. Es más: nunca fue tan difícil cruzar ilegalmente la frontera. Nunca hubo tantas tropas y otros impedimentos. La frontera está atrincherada como un escenario de batalla. Solo faltan los campos minados. ¿Llegarán?

Mientras que en 1992, los 5,000 miembros de la Patrulla Fronteriza se dividían las dos mil millas de nuestro borde sur, el número era en 2016 cuatro veces más: 20,000 efectivos armados. Aquel año, por orden del entonces presidente Trump, se inició un crecimiento adicional de 5,000 más.

La frontera entre Texas, EE.UU., y México. Foto: NS

 

Es un pequeño ejército en puntos remotos de la frontera y que no incluye a los efectivos de ICE que cumplen tareas migratorias dentro del país y en el extranjero, y que constan de otros 20,000 efectivos en 400 oficinas. Tampoco a los 26,000 efectivos de la agencia de Aduanas – Custom and Border Protection (CBP), todos ellos armados.

Un problema internacional

Es cierto: el problema es verdadero. Hay una crisis internacional de inmigración que sacude al Hemisferio Occidental. El mundo cambia de forma. Los números son difíciles de imaginar. Según un informe de 2022 de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), la agencia encargada del tema por parte de Naciones Unidas, en 2020 hubo 281 millones de inmigrantes internacionales. Esto es el 3.6% de la población total del mundo.

En una declaración con motivo del Día del Inmigrante, este 18 de diciembre, la Casa Blanca ponderó los alcances de la crisis y mencionó los epicentros del hervidero migratorio, que también son descomunales cementerios: el Mediterráneo, conducto de los barcos desde el Magreb y hasta África Central a los países del Sur de Europa, con destino a Alemania; el Golfo de Bengala donde bengalíes, birmanos y miembros de la minoría étnica musulmana rohingya perseguidos en Myanmar huyen a Tailandia, Indonesia y Malasia, además de China; el Mar de Andamán, sito entre Myanmar, fuente de emigrantes y Tailandia, su primer objetivo; el Mar Rojo por donde cruzan refugiados de Somalia y Etiopía a la península Arábiga; el Tapón del Darién” que conecta Colombia y Panamá, Sudamérica y Centroamérica, sobre la Carretera Panamericana, y el desierto entre México y Estados Unidos.

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La inmigración – los inmigrantes – son un elemento disruptivo en los procesos demográficos, una fuente de desestabilización para las maquinarias de los estados a los que quieren llegar. Cambian las realidades demográficas y culturales. Su vigencia, su influencia, a mediano y largo plazo, es inevitable.

¿Qué hacer? ¿Qué hacer?

Lo obvio es estabilizar la situación económica y política en los países que expulsan migrantes. El peligro es que cualquier suma invertida allí solo alimente las mismas desigualdades y la pobreza que generaron la emigración.

Las otras “soluciones” no lo son. Son como “curitas”, vendas encima del disconfort, la incomodidad.
Aquí, los republicanos no buscan una solución. Buscan culpables. Los demócratas tampoco. En cambio, buscan cómo no quedar mal parados en todo el asunto. Que no los señalen con el dedo.

Los miles de migrantes arriados en autobuses y llevados a destinos que desconocen, sin que tengan peso en las decisiones, no son formalmente ilegales. Son legales en virtud de que se presentaron ante las autoridades del país y solicitaron asilo, con base en las leyes internacionales y las situaciones desesperadas por las que atraviesan sus países de origen.

Los solicitantes de asilo de México, Centroamérica, Africa, y el Caribe acampan en El Chaparral, en Tijuana, México, mientras esperan que se presenten sus casos en los Estados Unidos. FOTO: Heidi de Marco / KHN

 

Y están siendo utilizados, y no porque hayan hecho algo mal en huir por sus vidas.
Pero no podemos detener el tiempo encapsulado en un solo cuadro. La situación es flexible y lo que apremia es la fecha del 8 de noviembre, cuando Estados Unidos decidirá por la reelección de Joe Biden o de Donald Trump. Si las cosas siguen así y resulta ser Trump, aplicará mano dura contra los inmigrantes. Y si es Biden… todavía no sabemos. Su política migratoria es incoherente, dubitativa e insuficiente. Y quizás no pudo ser de otra manera.

 

Perfil del autor

Fundador y co-editor de HispanicLA. Editor en jefe del diario La Opinión en Los Ángeles hasta enero de 2021 y su actual Editor Emérito.
Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y editor de noticias, también para La Opinión. Anteriormente, corresponsal de radio.
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Founder and co-editor of HispanicLA. Editor-in-chief of the newspaper La Opinión in Los Angeles until January 2021 and Editor Emeritus since then.
Born in Buenos Aires, Argentina, lived in Israel and resides in Los Angeles, California. Journalist, blogger, poet, novelist and short story writer. He was editorial director of Huffington Post Voces between 2011 and 2014 and news editor, also for La Opinión. Previously, he was a radio correspondent.

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