Un día en Nueva York, un cuento de Liza Rosas Bustos
Caminó 54 cuadras, desde Washington Square Park hasta el mismisimo Astoria Hotel. A medio camino, por ahí a la altura de la 34th Street, dio con el bendito encargo…beige, con las letritas, el cierre con el amuleto que lo dice verdadero. Lo registró, lo miró, lo tanteó. Lo pagó. Era el verdadero, el real.
Buscaba y buscaba el puto encargo. Una ráfaga de viento le atravesó la cara. La lluvia cayó cuán escupitajo segundos más tarde.
Buscaba, buscaba el bolso verdadero. “No me vayas a comprar uno falso”, le advirtieron. “Tiene que ser el verdadero”.
Caminó 54 cuadras, desde Washington Square Park hasta el mismísimo Astoria Hotel. A medio camino, por ahí a la altura de la 34th Street, dio con el bendito encargo…beige, con las letritas, el cierre con el amuleto que lo dice verdadero. Lo registró, lo miró, lo tanteó. Lo pagó. Era el verdadero, el real.
Sacó el fajo: 540 dólares, al contado.
Al salir cayó el aguacero, los truenos, los relámpagos. El bolso verdadero empapado. Se compra uno, dos, tres paraguas que agarra, suerte perra, la descarga de un relámpago…
El bolso verdadero en el suelo… el turista botado al lado… y no era una película…
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