sábado, enero 9, 2021
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    Llega la vacuna y nace la esperanza

    La masacre llamada COVID-19 hace cada día más estragos. Se rompen récords de contagios, hospitalizaciones y muertes: más de 200,000 nuevos casos diarios, más de 15 millones de infectados, más de 285,000 muertes – el 25% y 20% de la cifra mundial respectivamente.

    Aquí se pueden encontrar los datos más actualizados… y chocantes.

    Y el país lucha sin apoyo real de la Casa Blanca, donde el presidente saliente Trump ignora la pandemia, obstaculiza la prevención o pretende haberla ya vencido personalmente. O comete errores garrafales como rechazar la oferta de 100 millones de vacunas que ahora necesita malamente.

    Los nuevos nombres detrás de los números de decesos desgarran el corazón, como el del salvadoreño Dr. Carlos Araujo-Preza de Houston, Texas, quien se dedicaba a tratar a los enfermos más graves, se contagió y falleció de la enfermedad.

    En medio de esta desgracia, se abrió un rayo de esperanza, una luz al final de este hórrido túnel de destrucción y muerte.

    Este martes 8 de diciembre, Gran Bretaña inició la vacunación masiva de su población con la misma vacuna que se administrará aquí. Es, sin duda, un momento histórico.

    Sí, a cuentagotas, pero montando un operativo que en semanas llevará la prevención del COVID-19 a la mayoría de su población.

    No en vano llamaron este día V Day, como el día de la victoria contra los Nazis en 1945, como Vaccine Day.

    Esas mismas vacunas, fabricadas en Bélgica, comenzaron a llegar a nuestro país la semana pasada, esperando el inicio de la inoculación masiva.

    Este 9 de diciembre, la Administración de Drogas y Alimentos de EE.UU. (FDA) comenzo el proceso final de aprobación, para uso masivo, de la vacuna, paso preliminar para igual revisión del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades y la aprobación final.

    Pero eso no significa que estamos del otro lado de la crisis.

    Todavía hay que superar dificultades monumentales. Entre ellas, la inacción y obstrucción por parte del Ejecutivo; la futura carencia de suficientes dosis; los problemas logísticos que implican los primeros tipos de vacunas, que se deben mantener a un frío solo posible en hospitales, un proceso muy costoso.

    También se debe enfrentar al miedo de la gente por lo desconocido, aunado al rechazo con fines políticos incentivado por personajes sin escrúpulos, y que consideran el rechazo un valiente acto de activismo político, como negarse a llevar máscara o mantener distanciamiento social.

    Convencer a éstos que tomen la vacuna podría ser incluso más difícil que desarrollarla.

    Pero también hay que comprender la desconfianza y recelo por parte de gente pensadora y consciente, que investiga, lee y discute. Es que las primeras dos vacunas disponibles están basadas en fragmentos de material genético llamado ARN mensajero, jamás antes administrado a seres humanos y cuyos efectos en el cuerpo son desconocidos.

    Si bien las pruebas han sido positivas aún se desconoce su impacto a largo plazo. Es un temor lícito. Se arriesgan a esperar la llegada de vacunas más convencionales. Más tiempo.

    Y también es cierto que incluso en potencias como Rusia, con su vacuna “Sputnik V”, China ya están administrando sus propias vacunas a la población aún antes de que se aprobasen los requisitos de seguridad. Este último incluso lo está exportando a Hungría, sin el visto bueno de la Agencia Europea del Medicamento (EMA), y a Emiratos Árabes Unidos e Indonesia.

    El verdadero trasfondo: esta es una carrera mundial desenfrenada en donde se mezclan la preocupación por la vida de millones de seres humanos, el riesgo de seguridad nacional que un país de altas tasas de contagio se desplome y las fabulosas ganancias de billones de dólares que esperan a las farmacéuticas implicadas y a quien posea sus acciones.

    Sin embargo, finalmente hemos llegado aquí. En pocos días, seguramente, se aprobarán las primeras vacunas, enviarán a los estados y comenzarán a administrarse.

    Los primeros en recibirlas serán quienes más las merecen: los trabajadores de la salud, incluyendo a médicos y enfermeros. Y a los ancianos cuyas tasas de mortalidad son las más altas.

    El resto deberemos esperar nuestro turno. Mientras tanto, insistir en cuidarnos y cuidar a los nuestros. Ya no falta tanto.

    Hoy nace la esperanza de que en un futuro ya no tan lejano podamos vencer al coronavirus y tratar de reconstruir nuestras vidas.

     

    Fundador y co-editor de HispanicLA. (2008)
    Editor emérito del diario La Opinión en Los Angeles (1999/2021)
    Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California desde 1989. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y editor de noticias, también para La Opinión. Anteriormente, corresponsal de radio. Tengo tres hijos adultos que son la luz de mi vida.

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