Una autopsia periodística a las hostilidades en Oriente Medio

Si se borra a Gaza del mapa y se mata a todos sus habitantes el problema palestino estará exactamente en el mismo punto muerto

Comenzamos con una autopsia periodística a las hostilidades en Oriente Medio. Si se borra a Gaza del mapa y se mata a todos sus habitantes el problema palestino estará exactamente en el mismo punto muerto.

Así visto, Hamás aparece como una víctima propiciatoria y su destrucción no pasará de inmolación destinada a revolver conciencias: las de aquellos a los que les toca resolver ese disparate llamado Palestina, entendido como la confluencia no deseada de israelíes y árabes. El judeoespañol o ladino tiene un refrán que lo resume todo: “A lo tuerto tuerto, a lo dereço dereço” ‘a lo torcido torcido, a lo derecho derecho’.
Hay que poner en la balanza méritos y deméritos de unos y otros en la medida de lo aceptable. En un platillo ponemos el derecho a defenderse de Israel, en el otro, el de Palestina a ejercitar una resistencia desesperada contra el incumplimiento de Israel de los mandatos de la ONU. Un poso de historia ayudará a dejar el caso visto para sentencia.

Historia de un pueblo en la diáspora

Con más de diez siglos de antigüedad, Israel ha tenido ya tiempo para pensar bien su futuro. Para contornear nuestro enfoque particular, unos datos:

Durante siglos, el pueblo judío ha sido expulsado sistemáticamente de todo suelo que pisaba. De Roma fueron desterrados por Claudio en los años 49-50 (Suetonio); en la Hispania de los germanos occidentales o visigoda, se les dio en el 616 la opción de convertirse o abandonar el territorio; de Al-Ándalus, los almohades les expulsaron en el 1146 (Maimónides sale en el 1148); en 1182 de Francia, por el rey Felipe II El Augusto: sus bienes fueron confiscados; de Inglaterra, en 1290, en la considerada su primera gran expulsión de la Edad Media; de Austria, en 1421; de Parma, en 1488; de Milán, en 1490. Los Reyes Católicos, hicieron lo propio expulsándoles de las Coronas de Castilla y de Aragón en 1492, justo antes de la andadura del Nuevo Mundo; de Portugal, igualmente en 1496; de Navarra, en 1498; de Nápoles, en 1541; de los Estados Pontificios, en 1569 tras publicarse la bula Hebraeorum gens del papa Pío V y, después, con la bula Caeca et Obturata Hebraeourum Perfidia ‘ciega y obstinada perfidia de los hebreos’, documento de 1593 emitido por Clemente VIII, y… paramos.

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Porque el apilamiento de todos estos datos trasmite, en su conjunto, la idea de que el arraigo del pueblo judío en la diáspora estuvo plagado de irreductibles desafecciones.

Problemas tanto de fe (falsas conversiones), como por su fama de usureros al prestar dinero con intereses (considerado pecado por la iglesia católica), o el sambenito de culparlos de la muerte de Cristo se inscriben en la lista de inculpaciones. La película The Passion of the Christ (Mel Gibson, 2004) es reflejo fílmico de esto último.

A pesar de lo dicho, su grado de integración llegó a ser muy alto en ocasiones, lo sabemos por el lenguaje. Los judíos de Sefarad (Hispania), por ejemplo, desarrollaron el dialecto judeoespañol o ladino, aún hablado por cientos de miles de personas, variedad lingüística que es mutuamente comprensible con cualquier otra variante de español. Israel es uno de los lugares que posee periódicos en judeoespañol. La Escuela de Traductores de Toledo (España), a partir del siglo once, fue asimismo un modelo de colaboración entre cristianos, judíos y musulmanes.

Periódico Salom

En el mundo moderno, la Segunda Guerra Mundial marca un antes y un después con el llamado Holocausto y los campos de exterminio, en los que murieron más de seis millones de judíos, cifra escalofriante. Es uno de los grupos con mayor número de muertos no combatientes de la guerra. Este horror deja muchas lecciones para el que lo sabe digerir en frío. Sirvió para dar forma a un concepto nuevo de lo que son hoy los Derechos Humanos. Hay una simbología universal detrás de ello.

La Historia tiene rendijas dolorosas por las que transpira el caos actual

La expulsión de los judíos de su tierra originaria en Oriente Medio es un hecho histórico acontecido hace dos mil años, tras su fracasado alzamiento contra Roma. Sin entrar en demasiados detalles ni matices históricos de compleja precisión, situaremos como punto de partida del relato la anexión al Imperio Romano de la región de Palestina por Pompeyo allá por el año 63 a. C. La zona que ocupa hoy Palestina, incluido Israel, pasó así a ser reino tributario del Imperio Romano. El año 6, Augusto incorporó el territorio a Siria como Provincia de Judea. Las guerras de judíos y romanos marcarán el destino del pueblo de Israel.

La primera guerra judeo-romana comenzó el año 66. La guerra terminó con la llegada del general Vespasiano, que después sería elegido emperador. Su hijo Tito fue el encargado el año 70 de tomar la ciudad de Jerusalén, arrasando a la población. En el embate se destruyó el Templo de Jerusalén del que solo se mantuvo en pie la pared occidental, conocida hoy como “el Muro de las Lamentaciones”. La segunda guerra judeo-romana se inició el año 113 con la prohibición de Trajano del estudio de la Torá y de la observación del Shabat.

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La tercera y definitiva guerra judeo-romana

El año 132, estalló una nueva rebelión motivada por la prohibición del Brit Milá (circuncisión), amén del Shabat y de las leyes de pureza de familia. La circuncisión se consideraba una mutilación intolerable para los grecorromanos, algo comparable a la ablación femenina de hoy. La gota que colmó el vaso fue la decisión de Roma de levantar un templo a Júpiter sobre las ruinas del de Jerusalén. Al levantamiento, encabezado por Bar Kojba, le siguieron tres años de estado judío independiente, que fueron los que tardó Roma en enviar nueve legiones a reconquistar la región y no dejar piedra sobre piedra.

Murieron 580.000 personas según Dión Casio, y muchos más de hambre y sed. En total se devastaron 50 pueblos fortificados y 985 aldeas. Con el propósito de disuadir a los judíos de la idea de regresar a Jerusalén, se levantó en su lugar la ciudad romana Aelia Capitolina. Para completar la limpieza étnica, se rebautizó a la región como Provincia de Palestina, nombre escogido intencionadamente del nombre de Filistea, pueblo enemigo histórico del judío.

La mayoría de la población judía fue asesinada, esclavizada o exiliada y la religión judía quedó prohibida. En el siglo IV (cuarto) Constantino I El Grande permitió a los judíos regresar a Jerusalén a rememorar su derrota una vez al año el 9 de Av (quinto mes del calendario hebreo) en el Muro de las Lamentaciones.

El viaje llegó a su fin

La creación del estado de Israel en 1948 venía aparentemente a poner fin al problema ya milenario del regreso de los judíos a su tierra ancestral. Para solucionar complicaciones de convivencia entre los palestinos y los nuevos colonos judíos, la ONU adoptó la compartición del territorio. El reparto no ha salido bien. El propio mediador de la ONU, el sueco Folke Bernadotte, fue asesinado en 1948 por el grupo judío Lehi.

La actual y desigual guerra entre Israel y Gaza es perfecto ejemplo de una política mal llevada a cabo. Los israelíes reproducen en Gaza estos días, consciente o inconscientemente, la violencia con la que Roma actuó contra ellos en la Jerusalén sitiada de hace dos mil años: matando de hambre y sed a los fortificados y no dejando piedra sobre piedra. Visto desde fuera, Israel se equivoca de enemigo y de época.

Es tarde para vencer ya a Roma, porque la Historia no tiene vuelta atrás. En dos mil años ha cambiado el cerebro humano mucho y para mejor, pero hay que demostrarlo.

Ahora, de acuerdo con Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, los israelíes son la frontera exterior del mundo libre. Israel canta en Eurovisión y juega en la élite de las ligas de deportes europeas, no en las asiáticas. Tiene el cuarto mayor ejercito del mundo, incluido un arsenal nuclear no declarado, y es uno de los más grandes exportadores de armas del planeta. Israel se apoya en EE.UU. como aliado y cuenta con la mitad de la población judía mundial aquí en EE.UU., donde hay más de cinco millones, con un poder de influencia gigantesco. Un ejemplo, aunque sea por simple azar, el secretario de estado actual, Antony Blinken, es de familia judía húngara.

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¿Y Palestina? ¿De qué se puede culpar a Palestina que no sea de la obviedad de estar en su propia tierra? Es uno de los derechos humanos más básicos. Lo peor sin embargo de esta guerra es que se haya resucitado una brutalidad de muerte y destrucción masiva que no contemplábamos desde hace milenios.

Con nuestra complicidad y aquiescencia.


Este artículo está respaldado en su totalidad o en parte por fondos proporcionados por el Estado de California, administrado por la Biblioteca del Estado de California en asociación con el Departamento de Servicios Sociales de California y la Comisión de California sobre Asuntos Estadounidenses Asiáticos e Isleños del Pacífico como parte del programa Stop the Hate. Para denunciar un incidente de odio o un delito de odio y obtener apoyo, vaya a CA vs Hate.

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Perfil del autor

Luis Silva-Villar, PhD, earned his Master of Arts in music and classical guitar from the Real Conservatorio Superior de Música de Madrid and his licensure in Hispanic language and literature from Universidad Complutense de Madrid, as well as a Master of Arts in Spanish from the University of California Los Angeles. Silva-Villar went on to earn his PhD in Hispanic Languages and Literatures from UCLA as well. He teaches First-Year Spanish, Advanced Spanish Grammar, History and Culture of Spain, Spanish and the Nature of Language, among others. Silva-Villar's research interests include Spanish language and linguistics, Spanish in the U.S., language variation, language in the media, Spanish heritage speakers and foreign language education.

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