Entonces, ¿quién domina el mundo?
Entonces, ¿quién domina el mundo?

¿Quién domina el mundo? Esta pregunta no puede tener una respuesta simple y definitiva. El mundo es demasiado variado, demasiado complejo, para que eso sea posible. Aun así, no es difícil reconocer las grandes diferencias en la capacidad de modelar los asuntos mundiales. Ni identificar a los actores más destacados e influyentes.

Noam Chomsky

En su libro “Who Rules The World?” (¿Quién domina el mundo?), el intelectual Noam Chosky afirma que EEUU devino a una potencia de segunda.

Entonces, ¿quién gobierna el mundo?
Entonces, ¿quién gobierna el mundo?

Los Estados por supuesto tienen estructuras internas complejas. Las opciones y decisiones de los líderes políticos están muy influenciadas por las concentraciones internas de poder. Mientras, la población en general es a menudo marginada. Esto es cierto incluso para las sociedades más democráticas, y, obviamente, para los demás. No podemos obtener una comprensión realista de quién gobierna el mundo sin considerar a los “amos de la humanidad”. Así los llamó Adam Smith. En su día,  eran los comerciantes y los fabricantes de Inglaterra. En el nuestro, conglomerados multinacionales, instituciones financieras, grandes imperios al por menor, y similares .

Aún después de Smith, es aconsejable para asistir la “vil máxima” a la que los “amos de la humanidad ” se dedican: “Todo para nosotros y nada para los demás”. Se trata de una doctrina conocida de otra manera como la guerra de clases. Es  amarga e incesante, a menudo de un solo lado, con gran detrimento de la gente de su país de origen y el mundo.

Cuando nos preguntamos “¿Quién gobierna el mundo?” comúnmente se adopta la convención estándar de que los “guías” de los asuntos del mundo entero son Estados Unidos, y principalmente las grandes potencias. Ahí, tenemos en cuenta sus decisiones y las relaciones entre ellos. Eso no está mal. Pero haríamos bien en tener en cuenta también que este nivel de abstracción también puede ser muy engañoso.

Entre los Estados, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha sido de lejos el primero entre desiguales y sigue siéndolo. Continúa dictando en gran medida los términos del discurso global en un abanico de asuntos. Desde Israel-Palestina, Irán, Latinoamérica, la “guerra contra el terrorismo”, la organización económica, el derecho y la justicia internacionales, y otros semejantes. Y luego, problemas fundamentales para la supervivencia de la civilización, como la guerra nuclear y la destrucción del medio ambiente. Su poder, no obstante, ha disminuido desde que alcanzó una cota sin precedentes históricos en 1945.

El gobierno mundial

Con el inevitable declive, el poder de Washington queda hasta cierto punto compartido dentro del “Gobierno mundial de facto” de los “amos del universo”. Usamos los términos que utilizan los medios de comunicación para referirse a los poderes capitalistas dominantes (los países del G7) y las instituciones que estos controlan en la «nueva era imperial», tales como el Fondo Monetario Internacional y las organizaciones internacionales que reglan el comercio.

Por supuesto, los “amos del universo” distan mucho de ser representativos de la población de las potencias dominantes. Hasta en los países más democráticos, la población tiene un impacto pequeño en las decisiones políticas.

En Estados Unidos, hay destacados investigadores que han dado con pruebas convincentes de que “el impacto que ejercen la élites económicas y los grupos organizados que representan intereses empresariales en la política del Gobierno de Estados Unidos es sustancial, mientras que los ciudadanos comunes y los grupos de intereses de masas tienen poca o ninguna influencia independiente”. Dichos autores afirman que los estudios “apoyan de manera sustancial la teorías del dominio de la élite económica y la del pluralismo sesgado, pero no la teorías de la democracia electoral mayoritaria o el pluralismo mayoritario”.

Otros estudios han demostrado que la gran mayoría de la población, en el extremo bajo de la escala de ingresos/riqueza, se halla, de hecho, excluida del sistema político. Sus opiniones y posturas son pasadas por alto por sus representantes formales. Mientras, un pequeño sector en la cima posee una influencia arrolladora. Asimismo han revelado que, a largo plazo, la financiación de campañas predice, con mucha fiabilidad, las opciones políticas.

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Cómo reacciona la gente

Una consecuencia es la apatía: no molestarse en votar. Esa apatía tiene una correlación significativa con la clase social. Sus razones más probables enunció hace treinta y cinco años Walter Dean Burnham, un destacado experto en política electoral. Burnham relacionó la abstención con “una peculiaridad crucial del sistema político estadounidense: la ausencia total de un partido de masas socialista o laborista que pueda competir de verdad en el mercado electoral”. Argumentó Burnham que esto explica en buena medida “el sesgo de clase en la abstención”. Y también la minimización de opciones políticas que podrían contar con apoyo de la población general, pero se oponen a intereses de las elites.

Esas observaciones siguen siendo válidas en la actualidad. En un detallado análisis de las elecciones de 2014, Burnham y Thomas Ferguson muestran que el índice de participación “recuerda los principios del siglo XIX”. En aquel entonces, el derecho de sufragio estaba prácticamente restringido a los varones libres con propiedades. Concluyen que tanto las encuestas como el sentido común confirman que en la actualidad son muchísimos los estadounidenses que recelan de los dos grandes partidos políticos. Cada vez se sienten más molestos respecto a las perspectivas a largo plazo. Muchos están convencidos de que unos pocos grandes intereses controlan la política. Ansían medidas eficaces para revertir el declive económico a largo plazo y la desmedida desigualdad económica Pero los grandes partidos impulsados por el dinero no les ofrecerán nada en la escala requerida. Es probable que eso solo acelere “la desintegración del sistema político evidenciada en las elecciones al Congreso de 2014”.

El declive en Europa

En Europa, el declive de la democracia no es menos llamativo. La toma de decisiones en cuestiones cruciales se desplaza a la burocracia de Bruselas y las potencias financieras que esta representa. Su desprecio por la democracia se reveló en julio de 2015 en la salvaje reacción a la mera idea de que el pueblo de Grecia pudiera tener voz para determinar el destino de su sociedad, destrozada por las brutales políticas de austeridad de la troika: la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (FMI). En concreto, los actores políticos del último, no sus economistas, que han sido críticos con las políticas destructivas.

Esas políticas de austeridad se impusieron con el objetivo declarado de reducir la deuda griega; en cambio, han aumentado la relación entre deuda y producto interior bruto (PIB), mientras, el tejido social griego se ha desgarrado. Grecia ha servido como embudo para transmitir rescates financieros a bancos franceses y alemanes que hicieron préstamos arriesgados.

Hay aquí pocas sorpresas. La guerra de clases, típicamente unilateral, tiene una historia larga y amarga. En el amanecer de la era capitalista moderna, Adam Smith condenó a los “amos de la humanidad” de su tiempo, los “comerciantes y productores” de Inglaterra. Ello “eran, de lejos, los arquitectos principales” de la política. Se aseguraban de que sus propios intereses fueran “particularmente atendidos” por más “dolorosos” que resultaran los efectos sobre otros. En especial las víctimas de su “injusticia salvaje” en el extranjero, en gran parte de la población de Inglaterra. La era neoliberal de la última generación ha añadido su toque propio a esa imagen clásica. Los amos salen de las capas superiores de economías cada vez más monopolizadas. Las instituciones financieras son colosales y, a menudo, depredadoras. Y las multinacionales están protegidas por el poder del Estado y por las figuras políticas que, en gran medida, representan sus intereses.

Por otra parte, apenas pasa un día sin noticias de inquietantes descubrimientos científicos sobre el avance de la destrucción medioambiental. No es demasiado tranquilizador leer que “en las latitudes medias del hemisferio norte, las temperaturas promedio están elevándose a un ritmo que es equivalente a desplazarse hacia el sur unos diez metros cada día”. Es decir, “unas cien veces más rápido que la mayoría de los cambios climáticos que podemos observar en el registro geológico”. Quizá, mil veces más rápido según otros estudios técnicos.

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La amenaza nuclear

No menos desalentador es el crecimiento de la amenaza nuclear. El bien informado exsecretario de Defensa William Perry considera que “la probabilidad de una catástrofe nuclear es más alta hoy” que durante la guerra fría, cuando escapar de un desastre inimaginable fue casi un milagro. Al mismo tiempo, las grandes potencias continúan, tenazmente, con sus programas de “inseguridad nacional”, por utilizar la acertada expresión del veterano analista de la CIA Melvin Goodman.

Perry es también uno de los especialistas que le solicitaron al expresidente Obama “terminar con el nuevo misil de crucero”, un arma nuclear con puntería mejorada y menores resultados que podría alentar una «guerra nuclear limitada» y, siguiendo una conocida dinámica, provocar una rápida escalada hasta el desastre absoluto. Peor todavía, el nuevo misil cuenta con variantes nucleares y no nucleares, de manera que “un enemigo atacado podría suponer lo peor, reaccionar desproporcionadamente e iniciar una guerra nuclear”.

Hay pocas razones para esperar que se preste atención al consejo, pues la planificada mejora del sistema de armas nucleares del Pentágono, con un coste de un billón de dólares, continúa con rapidez, al tiempo que algunas potencias menores dan sus propios pasos hacia el fin del mundo.

En el orden global contemporáneo, las instituciones de los maestros tienen un enorme poder, no sólo en el ámbito internacional sino también dentro de sus estados de origen, de los que dependen para proteger su poder y para proporcionar apoyo económico por una amplia variedad de medios. Si tenemos en cuenta el papel de los maestros de la humanidad , nos volvemos a dichas prioridades de la política de estado del momento como la Alianza Trans – Pacífico, uno de los acuerdos a los derechos de los inversores mal llamados “acuerdos de libre comercio” en la propaganda y el comentario. Se negocian en secreto, aparte de los cientos de abogados y grupos de presión corporativos que escriben los detalles cruciales .

La intención es que ellos han adoptado en buen estilo estalinista con los procedimientos de “vía rápida” diseñados para bloquear la discusión y permitir sólo la elección de sí o no (por lo tanto , sí ). Los diseñadores regularmente lo hacen bien, como es lógico. La gente es incidental, con las consecuencias que se podría anticipar.

La ‘segunda’ Superfuerza

Los programas neoliberales de la generación pasada concentraron la riqueza y el poder en las manos de un número mucho menor. Al mismo tiempo socava la democracia funcional. Pero han suscitado oposición, no solamente en lo más prominente en América Latina, sino también en los centros de poder mundial. La Unión Europea (UE ), uno de los desarrollos más prometedores de la época de la Segunda Guerra post-Mundial, se tambalea debido al efecto duro de las políticas de austeridad durante la recesión, condenado incluso por los economistas del Fondo Monetario Internacional (si no los actores políticos del FMI). La democracia se ha debilitado como la toma de decisiones desplazando a la burocracia de Bruselas, con los bancos del norte emitiendo su sombra sobre su proceder.

Los principales partidos han ido perdiendo rápidamente a los miembros a la izquierda y a la derecha. El director ejecutivo del grupo de investigación con sede en París Europa Nova atribuye el desencanto general de “un estado de ánimo de la impotencia enojado” como el poder real para influir en los acontecimientos en gran parte de los líderes políticos nacionales. A [que , al menos en principio , están sujetas a la política democrática] al mercado , las instituciones de la Unión Europea y las empresas. Procesos muy similares están en marcha en Estados Unidos, por razones similares.

La creciente oposición al asalto neoliberal pone de relieve otro aspecto crucial de la convención estándar. Se deja a un lado el público, que a menudo no acepta el papel aprobado de “espectadores” (en lugar de “participantes”) que se le asignan en la teoría democrática liberal. Tal desobediencia siempre ha sido motivo de preocupación para las clases dominantes. Sólo mirar a la historia de Estados Unidos. George Washington considera a la gente común que formaron las milicias que estaba al mando como “un pueblo muy sucio y desagradable que viene marcado por una especie de estupidez inexplicable en la clase más baja de estas personas”.

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En política violenta, su opinión magistral de las insurgencias de “la insurgencia americana” a Afganistán contemporánea e Irak, William Polk llega a la conclusión de que el general Washington “estaba tan ansioso por dejar de lado a [los combatientes que despreciaron] que estuvo a punto de perder la Revolución”.  “Podría haber hecho realidad” porque tenía a Francia y no intervino masivamente.  “Salvó la Revolución”, que hasta entonces había sido ganada por la guerrilla – los que ahora llamaríamos “terroristas”. Mientras, el ejército de estilo británico de Washington “fue derrotado una y otra vez y casi perdido la guerra”.

Las insurgencias exitosas

Una característica común de las insurgencias exitosas, según  Polk, es que se disuelve al apoyo popular después de la victoria. La dirección suprime a las “personas sucias y desagradables”. A los que realmente ganaron la guerra con tácticas de guerrilla y terrorismo, por temor a que puedan amenazar los privilegios de clase. El desprecio de las élites para “la clase más baja de estas personas” ha adoptado diversas formas a lo largo de los años. En los últimos tiempos su expresión es el llamado a la pasividad y la obediencia. La llamada “moderación en la democracia”) por los internacionalistas liberales reaccionando a los “democratizadores” peligrosos de los movimientos populares de la década de 1960.

Pero el movimiento anti-guerra se convirtió en una fuerza que no podía ser ignorada. Tampoco podía ser ignorado cuando Ronald Reagan asumió el poder decidido a lanzar un asalto en América Central. Su administración imitó de cerca los pasos de John F. Kennedy, en el lanzamiento de la guerra contra Vietnam del Sur. Pero tuvo que retroceder debido a la clase de la protesta pública vigorosa que había faltado en la década de 1960. El asalto fue lo suficientemente horrible. Las víctimas aún tienen que recuperarse. Pero lo que pasó a Vietnam del Sur y más tarde toda Indochina, donde “la segunda superpotencia” impuso sus impedimentos sólo mucho más tarde en el conflicto, era incomparablemente peor.

A menudo se argumenta que la enorme oposición pública a la invasión de Irak no tuvo ningún efecto. Eso parece correcto para mí. Una vez más, la invasión fue lo suficientemente horrible, y sus secuelas son grotescas. Sin embargo, podría haber sido mucho peor.

Creo que todo ello dibuja bien el elenco de protagonistas. Los capítulos que siguen buscan explorar la cuestión de quién gobierna el mundo. Cómo actúan en sus esfuerzos y adónde conducen estos. Y cómo las “poblaciones subyacentes”, según la útil expresión de Thorstein Veblen, podrían tener la esperanza de derrotar el poder de las empresas y la doctrina nacionalista para, en sus palabras, estar “vivos y preparados para vivir”.

No queda mucho tiempo.

Noam Abraham Chomsky; Filadelfia, EE UU, 1928

Lingüista y filósofo estadounidense. Fue introducido en la lingüística por su padre, especializado en lingüística histórica del hebreo. Estudió en la Universidad de Pensilvania. Allí se doctoró en 1955 con una tesis sobre el análisis transformacional, elaborada a partir de las teorías de Z. Harris, de quien fue discípulo. Entró entonces a formar parte como docente del Massachusetts Institute of Technology, del que es profesor desde 1961. Sus publicaciones lingüísticas más importantes son: Estructuras Sintácticas (1957), Aspectos de la teoría de la sintaxis (1965),The Sound Pattern of English (1968; con Morris Halle), Pensamientos y Lenguaje (1972),The Logical Structure of Linguistic Theory y Reflections on Language (ambas del año 1975). Language and Responsibility (1979) relaciona lengua y política. Entre los escritos políticos de Chomsky están: El poder americano y sus nuevos mandarines (1969).

FUENTE:

Chomsky, Noam: “¿Quién gobierna el mundo?” © L. Valéria Galvão-Wasserman-Chomsky, 2016 © Ediciones B, S. A., 2016 Consell de Cent, 425-427 – 08009 Barcelona (España) ISBN DIGITAL: 978-84-9069-541-8