Rusia-Ucrania y la inoperancia de Naciones Unidas

Inicialmente es de admitir que la Organización de Naciones Unidas (ONU) es una entidad mundial indispensable. Como varias veces se ha enunciado, si no existiera esta institución, habría que inventarse una que la reemplazara, con similares aspectos de naturaleza orgánica y funcional, alcances y profundidad de programas.

La finalidad esencial de la ONU, lo establecen sus postulados fundacionales, desde el 24 de octubre de 1945, es “librar a las futuras generaciones del flagelo de la guerra”. Esa fue desde el inicio la preocupación esencial. Tómese en cuenta que como parte del contexto que acompañó los inicios de la institución, se incluían fundamentalmente, dos de las mayores tragedias de la humanidad: el 6 y 9 de agosto de 1945, con el estallido de dos bombas atómicas en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

Como parte también del contexto, había existido con anterioridad, un intento fallido de establecer un foro mundial. Se había conformado desde el 28 de junio de 1919, la Sociedad o Liga de las Naciones. Este intento falló, entre otras consideraciones, esencialmente porque cada país tenía derecho a un voto, pero al momento de financiar los presupuestos, los países de mayor desarrollo debían colocar la mayoría de los recursos.

Este último problema se subsanó en la ONU dando mayor poder a las potencias que más contribuyen en lo financiero a la organización. Se trata, además, de quienes ganaron la II Guerra Mundial: Rusia, Reino Unido, Francia y Estados Unidos. A ellos se unió posteriormente China quien condicionó su ingreso a tener similares prebendas dentro de la organización. En suma, esas prerrogativas de mayor poder, básicamente se refieren a ser esos cinco países, miembros permanentes del Consejo de Seguridad, con derecho a veto.

Es aquí en donde está la esencia de la disfuncionalidad. Es de advertir que es el Consejo de Seguridad (CS) el que tiene el poder real de la organización, más allá de los alcances y lo vinculante que puedan ser las resoluciones de la Asamblea General (AG). El poder funcional, de gestión que de hecho tiene el Secretario General se articula con la AG, pero esencialmente debe cumplir con las directrices directas establecidas por el Consejo.

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Ocurrió que a principios de los años noventa, con motivo de la implosión de lo que una vez fuera la Unión Soviética, se habló mucho sobre los dividendos de la paz. Esto sería posible dada la finalización de la Guerra Fría. No hubo tales. El Secretario General de ese entonces Butros Butros Ghali (1922-2016) no fue confirmado para un segundo mandato, dado que se atrevió a “tener mayor autonomía funcional frente al Consejo de Seguridad”.

En esencia, aunque la situación es más compleja de explicar, Butros Ghali perseguía una mayor funcionalidad de la organización. Pero esto era atentar contra los privilegios de dirección centralizados en los cinco países miembros permanentes del CS. De allí las desavenencias y malquerencias. Estados Unidos, aún con la administración demócrata de Bill Clinton, lo vetó en cuanto a poder ejercer un segundo período, y logró esa finalidad.

De manera que los demás secretarios están advertidos, como lo expresara con amagura Butros Ghali, “Estados Unidos desea tener un secretario, pero no general”. Ese es el contexto de la inoperatividad que vemos ahora. Y que por cierto no es nueva.

Dos ilustraciones al respecto. Primero, la disfuncionalidad en el caso de Ruanda, donde cerca de 800 mil personas murieron, muchas de ellas asesinadas a machete limpio, en el conflicto entre tutsis y hutus. Segundo, el caso de la implosión sangrienta, a inicios de los noventa, de lo que un día fue la Yugoslavia de Tito y luego se desmembró en Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro, Croacia, Eslovenia, Kosovo y Macedonia del Norte.

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Ahora asistimos a que el Consejo de Seguridad no puede actuar porque, entre otros factores entre los que se encuentra China, Rusia está involucrada en este sangriento enfrentamiento con Ucrania. Es de notar cómo el actual Secretario General hace esfuerzos por lograr un cese al fuego, trata de convencer a las partes beligerantes acerca de esta necesidad, pero el Consejo de Seguridad le impone límites: no puede avanzar más allá de los mecanismos legales de la Organización cuando existe ese poder de veto.

Se trata de un auténtico candado funcional. El problema se puede percibir con claridad, pero las soluciones no se vislumbran. Es muy difícil resolver un conflicto sin que se tenga, con toda justificación, la presencia de los problemas que hicieron fallido el intento anterior, el de la Sociedad o Liga de las Naciones. La inoperancia de esta última en todo caso no pudo impedir la ocurrencia de la II Guerra Mundial y su cauda de al menos 55 millones de muertos.

En el actual conflicto Rusia-Ucrania los seguidores de la teoría del neorrealismo, tratan de debilitar a Moscú, a la vez que experimentan con la nueva y más sofisticada juguetería mortal del armamentismo. Y de paso, faltaba más, hacen buenos negocios. Las naciones necesitan dinero cuando se preparan para la guerra. Para ello hay créditos accesibles. Luego mientras dura el conflicto -lo vemos ahora- requieren de cooperación y más fondos. Y después, completando el negocio, vienen los esfuerzos de la reconstrucción.

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Es curioso que no todos los actores de este gran drama se pronuncien por el cese al fuego. De ninguna manera. Muchos lo que hacen es facilitar más armamento y “ayuda” militar a Ucrania. Hay muchas fuerzas interesadas en que -al menos hasta hoy, el conflicto continúe.

Lo que urge, y hay iniciativas al respecto, es una reestructuración en la composición del Consejo de Seguridad, los alcances y profundidad de sus acciones. Es difícil conformar consensos cuando hay tantas prerrogativas en juego, en donde entre los países crecientemente se incrementan las asimetrías de poder económico, militar y de desarrollo en general. Seguir como estamos, es continuar resignados a un hecho indiscutible: los miembros permanentes “a la vez que tienen el derecho de veto que puede paralizar la ONU, tienen en la otra mano los botones nucleares que pueden asegurar la destrucción planetaria”.

 

 

Perfil del autor

Giovanni Efrain Reyes Ortiz, Ph.D. en Economía para el Desarrollo y Relaciones Internacionales, de la Universidad de Pittsburgh, con post-grados de la Escuela de Altos Estudios Comerciales -HEC- en París, Francia, y de la Universidad de Harvard. Ha sido Director de Integración Latinoamericana y del Caribe en el Sistema Económico Latinoamericano y Director de Informe en Naciones Unidas.
Google Scholar: https://scholar.google.com/citations?user=lr_tofcAAAAJ&hl=en
Academia Edu: https://urosario.academia.edu/GiovanniEReyes

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