martes, diciembre 1, 2020
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    Nada malo le puede pasar a Amelia Gómez

    Ahí está Amelia Gómez— quien habla como Carrie Bradshaw, come como Carrie Bradshaw, se compra la ropa que Carrie Bradshaw y obvio,  porta pelo rubio y ondulado— sentada en la cuneta de 62nd Street.

    Macy’s,  donde trabaja medio tiempo, acaba de reducir personal. A ella  le tocó el turno pero de despido. Le cancelaron el asiento de peluquera que arrienda en Chinatown.  Los padres han dejado de mandarle mensualidades. Ya no le creen que estudia en NYU con una beca.  Demasiado tiempo: diez años en Undergrad. Graduada y trabajando ya debe estar.

    Su roommate ya se lo había dicho. Si no paga los siete meses atrasados, le coloca las cosas en la calle. Tarde o temprano el día tenía de llegar.

    Gómez duda. Sentada en la cuneta al lado del fardo de ropa y zapatos que le han tirado por la ventana. Mira el directorio de su IPhone, buscando a quién de sus amigas llamar.

    Las sabe solidarias. después de todo, se prestan dinero, dan las mismas direcciones equivocadas para sus tarjetas de crédito, se recomiendan la una a la otra a los amigos de los amantes y a los de los novios.

    También la rescatan cuando se la lleva alguno, borracha de algún bar. La han consolado cuando ese amante le robó la billetera por la mañana o la han acompañado al Planned Parenthood Clinic.

    Han inventado juntas sus profesiones ficticias. Se han compartido  los nombres de los tipos que se echan los fines de semanas para no repetírselos. Después de todo, generosa ella, les ha conseguido  las micas falsas para aumentarse la edad.

    Son retebuenas.  Su herida retaguardia está cubierta. Nada malo le puede pasar.

    Dos veces por semana miran los reruns de Sex and the City. El resto de los días de semana  van a Café Reggio a hablar de los hombres que se anotan en los bares, de la ropa que se roban en Bloomingdales y Zara.

    Ahora que tiene una emergencia–piensa Gómez– ¿Cómo no la van a ayudar?

    Sentada en la cuneta está Gómez, llama que llama, textea y textea a su amiga Jin Lu, aspirante a modelo, que nunca llega. Textea después a Lucy, aspirante a actriz, que ya ha sido advertida. Lucy trae el carro de compras para meter las cosas de Gómez en su pieza de alquiler.

    Mientras caminan, Amelia corta las etiquetas de los zapatos nuevos que se ha robado en Zara para que Lucy no vea el precio. “Toma”, le dice. “Te los vendo”. “O major déjatelos y me dejas pasar la noche”.

    Mi roommate no creo que te deje quedarte más días—dice Lucy— te meto por la puerta de atrás.

    Ahí está Amelia Gómez— que habla como Carrie Bradshaw, come como Carrie Bradshaw, se compra la ropa que Carrie Bradshaw se compra y porta pelo rubio y ondulado—de vuelta a Ohio con 32 años de edad, mirando los reruns de Sex and The City,  buscando trabajo, viviendo en el sótano de la casa de sus papás.

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    Liza Rosas Bustos
    Liza Rosas Bustos
    Profesora chilena (Valparaíso, 1970). Reside en Nueva York (EUA) desde hace doce años. Ha colaborado para el periódico literario Puente Latino, Hoy de Nueva York. Forma parte del Espacio de Escritores del Bronx Writer’s Corps. Cuentos suyos han aparecido en las revistas Hybrido y Conciencia. Sus poemas, ensayos, artículos y cuentos han sido publicados por la Revista virtual Letralia de Venezuela. Sus poemas aparecen en las publicaciones mexicanas La Mujer Rota y la Revista Virtual Letrambulario además de Centro Poetico, publicación virtual española. Actualmente se desempeña como profesora de español de segunda lengua en Frederick Douglass Academy II de Harlem y realiza estudios de Doctorado en Literatura Hispánica y Luso Brasileña en Graduate Center, City University of New York.

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